sábado, 28 de mayo de 2011

Sandokán

El Tigre de Malasia vuelve a nuestras pantallas a poner fin al monopolio político del "hoy tú y mañana yo", y ha venido a poner igualdad en el mundo, a dejar su impronta urbanística en una ciudad histórica como la nuestra, falta de grandes líderes cercanos a su pueblo, cumplidores estos de las normas urbanísticas, deseosos de un líder carismático, de oradores irrepetibles, de grandes políticos solucionadores de problemas.

http://www.youtube.com/watch?v=_VBoD92ui70

Ya nada será igual. Todos olvidaremos el pasado cruel y que nos llevó a una crisis injusta. Como el bandolero del XIX, Sandokán viene a nuestras vidas a cedernos su patrimonio, a contarnos cómo debemos actuar, cómo debemos comportarnos, a ser libres y a disfrutar de esa libertad. Nos dará trabajo a todos, y nos llevará de perol, nos contará sus historias de cómo hacerse rico en poco tiempo, nos venderá oro... y huevos... nos enseñará a ser personas felices, a ver sus casas en el barrio de Cañero, a pelarnos en su peluquería favorita, a ponernos la camiseta de Córdoba CF y a olvidarnos de nuestros problemas.

Todo ha cambiado. Él está ya con nosotros.

sábado, 14 de mayo de 2011

Patriachiquismo

Cualquier nacionalismo no deja de ser un sentimiento partidista de la globalidad humana, sometido a intereses localistas, regionalistas, nacionalistas o continentalistas, y si se me apura, universalistas. Ese sentimiento rompedor con otras culturas y entenderes no puede ser, en ningún caso, un acicate para la unificación universal de la raza humana, tal cual, sin fronteras, sin razas, ni religiones, ni políticas separatistas o economistas...

¡Qué "jartito" estoy del puñetero sufijo "-ista"! ¡Cómo le gusta usarlo al ser humano!


Pero hay un sentimiento, llamémosle "diferenciador", o incluso "de andar por casa", que toca más al círculo que a uno le rodea de forma inmediata, que le marca en su vivir rutinario, que es parte de su paisaje habitual, de su espacio vivido y por vivir y de lo recordable. Y este espacio es su ciudad y su entorno.

Es posible que el auto-ombliguismo del patriachiquismo sea tan dañino al resto de la Humanidad como cualquier otro nacionalismo de sufijo "-ista", pero yo lo veo de una manera más cercana y más intensa. Busco, probablemente una excusa para sentirme orgulloso de vivir en una ciudad como Córdoba, ni tan pedante como otras, ni tan simple como las más. Pero es que así lo siento, y así lo quiero hacer saber. Hay cosas en esta ciudad que le hacen a uno echarla de más, pero hay otras tantas, quizás más, que la hacen sentirse a uno bien de ser parte de ese pequeño universito cercano y echarla de menos cuando uno se va a otras latitudes o longitudes relativamente cercanas.

El patriachiquismo localista es tan amplio y variado que cualquier arroyucho, monte, calle, monumento o paisaje le hace sentirse a uno parte de esa pequeña globalidad que suscita y orgulloso de tal manera que siente la necesidad de hacerlo saber al resto del mundo, como si fuera de obligatoria cumplimentación.

Pues eso, haciendo uso de mi patriachiquismo, y aunque sea denostado por el resto de la universalidad, he de deciros que me siento orgulloso de que en mi ciudad se vean lugares tan hermosos como los patios, lugares donde se experimentan todas las sensaciones que el ser humano es capaz de captar. Y me alegro de que, aunque institucionalizado, sea en mi ciudad.


Cuando entras en un patio cordobés (sí, ya se que se ha turistizado y demás) se nota, en primer lugar, el cambio de temperatura; después te invade el colorido de su decoración; le sigue el olor intenso; la luz; el sonido de fuentes o de abejas revoloteando; se masca la humedad y el sabor a yerbabuena, se nota otra dimensión distinta al trajín habitual de personas y coches, de aparcamientos y prisas. Todo se detiene, aunque sea por unos segundos.


Desde hace siglos, mientras los pudientes adornaban sus casas con amplios jardines, tapices carísimos, cordobanes y guadamecíes, muebles de madera buena y suelos de mármol, los que menos tenían, en sus patios de vecinos, se rodeaban de lo que la Naturaleza les daba, solo a cambio de cariño y de dedicación.


Y de esa dedicación sale lo que hoy podemos disfrutar cada mes de mayo, que nos abren sus casas, y que nos ofrecen el resultado de su trabajo.
Y todo por una admiración que nos surge expontánea y sincera.

Porque en el fondo, a todos nos gusta.




viernes, 6 de mayo de 2011

El cipote florido

No hace mucho... o quizás sí, qué más da... tuvimos una visita de unos foráneos vasco-madrileño-sevillanos a nuestra humilde casa por un principio del mes de mayo cualquiera, que vinieron a que les enseñásemos la ciudad, y les paseásemos por las cruces de mayo que tanta fama adquieren en este florido-festivo-borracho mes de mayo de los qurtubanos tenemos marcado en nuestro calendario en color verde fino, que ahora la jet le ha puesto el nombre de color champán.

En fin, estupideces aparte, contaros que les paseamos, si no recuerdo mal, por las cruces que van desde el cristo de los Faroles hasta el Alpargate, más o menos, muy típicas y concurridas, a golpes de manzanilla (ellos no querían fino, sino manzanilla) y comiendo pinchitos morunos y serranitos en quasi todas las visitadas, como una extraña cata culinaria, muy poco aconsejable y con consecuencias a posteriori insostenibles que a buena cuenta dieron nuestros dos cuartos de baño al día siguiente.

Cuando llevábamos algunas cruces, alguno de nuestros visitantes nos hizo la pregunta "del millón".

- Bueno, Jose, tú que tan buen cordobés eres, ¿por qué no nos explicas de dónde viene esta tradición de la cruz de mayo? Porque supongo que lo sabrás, ¿verdad?

Cualquiera decía que no. Llamándome como me llamaron "buen cordobés" y después de la perorata que les fui soltando tal como íbamos avanzando entre calles y edificios, describiéndoles los lugares como Don Teodomiro en sus Paseos, no podía fallar en aquel momento.
Entonces me vino a la memoria lo que había leído con anterioridad no sé donde, y que desgraciadamente olvidé su autor, como siempre me pasa, y les fui explicando lo que podría ser el germen de esta tradición tan arraigada en la ciudad, y que no descarto que sea así. Y más o menos les conté:

En todas las culturas de la tierra, y desde tiempos inmemoriales se da culto a la fertilidad, y en la mayoría de los casos se hace adorando figuras de órganos sexuales masculinos o femeninos o ambos en postura coital.



Esas figuras eran adornadas con los frutos de la tierra, no solo con flores, sino con espigas de trigo o cebada, ramas de árboles frutales o cepas de vides. Alrededor suya los hombres y las mujeres realizaban rituales con cánticos y bailes, comían y bebían, e incluso tenían relaciones sexuales con el propósito de una fecundación segura y sana. Era una fiesta de varios días seguidos y de la que se esperaba diera los frutos solicitados, por eso se realizaba especialmente en primavera.

Dicha fiesta pagana probablemente ya existía en la Iberia pre-romana, y se mantuvo viva entre los pueblos más profundos de la península ibérica bajo el control romano, incluso después de la cristianización del imperio con Constantino, la sociedad feudal visigótica y el estado andalusí.

Con la llegada del cristianismo, y la prohibición del culto pagano, la iglesia católica pone en dicho falo un travesaño que lo convierte en la cruz de Cristo, y promueve su decoración floral anteponiéndose a la decoración relacionada con el ritual de fertilidad original. Y surge la cruz florida de la primavera.

Una cruz protegida y auspiciada por la iglesia católica por el bien de la adoración a Cristo, inaccesible, tras la reja de la moralidad y la espirtualidad. Pero el ser humano de la calle, mucho más pagano que lo que le quieren hacer ser, mantiene ese carácter festivo y comparte los momentos con su gente, distante y ausente de significados y de formas, o de moralinas que no le interesan.


- ¿Me estás diciendo entonces que las cruces de mayo son "pollas decoradas"? -me preguntó entonces uno de mis oyentes. (Perdóneseme la infame expresión)

- Yo prefiero -le respondí- llamarle un "cipote florido", que suena más cordobés.

Tras la chanza, una balbuceante voz masculina del grupo, declamando más por interés del zumo de uva que por el suyo propio, dedujo: "Pues, ¿qué quieres que te diga? Más prefiero yo por estética una cruz, que no una picha "envalentoná" rodeada de jaramagos".

- Si una cruz no fuera un instrumento de tortura -le respondí- posiblemente tendrías razón, pero tampoco me gustaría ver una guillotina o una horca sembrada de níscalos, y seguro que habrá quien prefiera, aunque no sea yo, un envalentonado, como dices, "cipote florido".

Y al otro lado de la verja, seguimos bebiendo manzanilla, aunque yo hubiera preferido fino.

P.D. Espero no herir la sensibilidad de nadie, tanto de creyentes y tradicionalistas, como de especialistas históricos, que seguro que sabrán corregirme a tiempo, ambos con las puertas abiertas a su opinión, en esta su casa.