domingo, 14 de agosto de 2011

La batalla de Stirling (Escocia)

En esta segunda entrega de nuestras vivencias en el país de la hierba y la lluvia, he querido dar un salto en el tiempo hacia la Edad Media para revivir un momento épico del nacionalismo escocés, y que viene a ser algo así como, valgan las diferencias, el dos de mayo español.

Me ha sorprendido, y no gratamente, la exaltación nacionalista de los escoceses. Mira tú por donde, yo pensaba que estaban más apegados a su Reino Unido de lo que realmente están. Tanto es así que uno de los guías nativos que nos llevó por las "Borders" y las "Lowlands" no dejaba de soltar "jokes" e historias que sonaban a sorna y jocosidad hacia los ingleses y nos dijo que esperan que en no más de dos o tres años Escocia se habrá desligado de la (God Save de Queen) Reina Isabel y se convertirán en Estado independiente. Y digo que no me fue grato conocerlo porque esto no deja de ser una frontera más en este mundo de líneas, rayas y muros. En fin, ellos sabrán... ¿o no?

Viajando en tren desde Waverly Station, en Edimburgo, nos plantamos en un icono del nacionalismo escocés: la ciudad de Stirling: Un burgo (ciudad desde 2002) que fue escenario de una de las batallas más famosas de la Historia, en mayúsculas.

Esta es una de las calles de Stirling, un lugar precioso, con un casco antiguo cuidado y preparado para sus visitantes.


Ya que tenemos el lugar, es hora de situarse en el tiempo, porque la Historia es eso: tiempo pasado, siempre presente, y guía para nuestro futuro. ¿Hay alguien que recuerde con especial intensidad el día 11 de septiembre? Supongo que sí. Bueno, pues ese día, pero el año de Nuestro Señor de 1297. Seguro que llovía, o al menos nubes algodonosas.

Robert The Bruce era considerado el Rey de Escocia desde hacía algunos años, pero la presión inglesa le hizo ser leal a Inglaterra a cambio de mantener sus derechos: cosas de los señores feudales. Mientras tanto, un sentimiento nacionalista se iba forjando en los clanes de las Highlands, que repudiaban la presión fiscal a la que estaban sometidos y nació el patriotismo escocés, que pronto caló en las entretelas de los nativos.

El Rey Eduardo de Inglaterra se propuso someter a estos nacionalistas de las montañas y ocupó las Highlands (tierras montañosas del norte), retirándose después hacia las Lowlands (la campiña), habiendo dejado su impronta y demostrando quién es el que mandaba.

William Wallace, hijo de ese nacionalismo escocés, no era considerado un jefe o caudillo militar especialmente peligroso, y ni siquiera el propio rey escocés, Robert The Bruce, lo tenía en estima. Era más bien una especie de bandolerillo porculero. Así que el rey inglés envió a la mayoría de su ejército a su guerra particular con Francia y dejó aparte los problemas con Escocia.

No os engañéis, y si habéis visto la película Braveheart que sepáis que quien realmente era ese corazón valiente era el propio rey Robert I The Bruce, quien, según parece, tuvo la osadía de matar a alguien en lugar sagrado (una iglesia), y por ello fue excomulgado. Su catolicismo exagerado le hizo pedir en el lecho de muerte, por la peste, a su lugarteniente de mayor confianza que le jurara que, para resarcir dicho pecado, llevaría su corazón a tierra santa. Su lugarteniente, acorralado en una batalla contra los andalusíes en España, lanzó el corazón de su señor hacia las tropas andaluzas gritando: "Go ahead, braveheart!" y cuando uno de los jefes andalusíes, después de su victoriosa batalla, preguntó el motivo de su grito, y se lo explicaron, ordenó que dicho corazón fuera llevado de vuelta a Escocia y enterrado en lugar sagrado, como correspondía a alguien que buscaba su redención. Parece ser que se enterró en la abadía de Melrose.


Tampoco el aspecto de Wallace en la película "Braveheart" es el que tenía en realidad.

Wallace no vivía en las Highlands (montañas) sino en las Lowlands (campiña). No vestía con kilt ni se pintaba la cara. Era una persona más bien acomodada, con tierras y beneficios. Medía casi dos metros (Mel Gibson no le llegaría ni a los pezones), y tanto es así que su espada tenía más de metro y medio de longitud, y no era por aparentar, sino porque su estatura lo requería. Tampoco llevaba melena a lo RosendoMercado, ni nada parecido, sino más bien cubiertito, por la lluvia de agua y de flechas; más o menos así:


Ni feo, ni guapo, ni todo lo contrario.

Dicho esto, vamos al lío: La Batalla de Stirling.

Los ingleses tenían tomado el castillo del burgo de Stirling, y William Wallace se hizo con una colina más allá del río Forth (hoy con su monumento correspondiente), detrás del único puente en cientos de millas alrededor y rodeados de frondosos bosques, hoy desaparecidos.


Esta sería la vista que tendrían los ingleses desde el castillo (monumento aparte y con más frondosidad de bosques)


Y esta la que tendrían los escoceses desde el puente (entonces de madera):



Y esta es la situación estratégica de las tropas de ambos contendientes:



Los escoceses reparten sus tropas en la colina, y fabrican con la madera que le dan los bosques largas lanzas para su defensa. Moray esconde su caballería detrás de uno de los bosques y esperan... Wallace propone esperar al ataque inglés en lugar de salir de su guarida y para incitarlos, los escoceses les gritan improperios, enseñan sus culos y tocan sus gaitas que, para los ingleses, suponen un ruído ensordecedor y endemoniado, pues significa el sonido de la victoria escocesa. Wallace arenga a sus tropas, y desde ese momento, la suerte está echada... y habrá muchas bajas... muertes... pero a nadie le importan esas muertes... como siempre... aún hoy.

http://www.youtube.com/watch?v=KdDMET_O-tw

El ejército inglés, con la testosterona saliéndosele de las orejas, inicia el avance hacia la colina maldita de los escoceses, después de haber enviado a un par de monjes a parlamentar, y que no lograron la rendición. Alentados por el encendido Cressingham, el ejército inglés avanza hacia la ratonera preparada por los escoceses. Unos 25.000 infantes y 600 caballeros ingleses buscan la escaramuza con los 7.000 infantes y 150 caballeros escoceses que les esperan.



Mientras los ingleses se atascan al pasar por el puente de madera, Moray dirige sus caballos escoceses hacia la cabecera del puente para partir al ejército inglés en dos. Cuando la mitad de la infantería inglesa ha atravesado ya el puente y se despliega en la ribera izquierda del río Forth, Moray inicia el ataque desde detrás del bosque de pinos caledonios y tapona la salida de los caballeros armados.

Wallace despliega a sus soldados desde la colina, empujando a los ingleses contra el río, mientras Moray sigue taponando el puente y parte de sus caballeros acorralan a la infantería inglesa en el lóbulo que forma el río.



Los escoceses, con las largas lanzas que les han suministrado los bosques, evitan el enfrentamiento directo con las espadas inglesas y solo tienen que empujar a los infantes y caballeros hacia el río, adonde caen estrepitosamente, ahogándose por su propio peso. Los que se salvan huyen a través de los vados, por los campos y bosques, pero allí encuentran a una población de aldeanos hartos de la presión fiscal inglesa, que los degüellan y tiran al río.

El tapón formado por Moray en el puente hace que las tropas inglesas se condensen sobre el mismo, y que este termine cediendo, rompiéndose en mil pedazos. Los que no tienen armadura logran sobrevivir y huir hacia el castillo, pero los que llevan el equipo completo se hunden en las aguas del río Forth.




La masacre se ha consumado. Moray forma una línea de caballeros en el puente, por si las moscas, mientras detrás suya las gaitas tocan a victoria que a los ingleses les suena a infierno; Wallace ha vuelto a la colina refugio para observar desde las alturas su victoria; los ingleses se hunden en el Forth, ahogados por su propia prepotencia, y los aldeanos de los alrededores gritan victoriosos, pensando que ha llegado su liberación, esa que nunca llega mientras existan señores feudales que marcan los tiempos y las formas.
Hoy honran esa victoria con un monumento, orgullo de los escoceses, que no deja de ser un monumento a una masacre más de personas, seres vivos, que se ven sometidos a los deseos de quienes se creen con derecho a dirigir vidas... y muertes.



Valga esta entrada para honrar... no a quien dirigió a sus tropas, sino a ellas mismas: Gente humilde, que eligió alistarse para sobrevivir, y que se vió envuelta en algo que no sabía de qué iba, pero le daba de comer, y techo para dormir. Hoy, con el tiempo, no nos hacemos una idea de lo que aquello debió suponer para alguien que intenta sobrevivir. Por eso, este monumento que hoy adorna el horizonte de Escocia, y dedicado a uno de sus dirigentes, yo lo quiero convertir en el Monumento a los que murieron sin saber por qué, ya sea hundiéndose en el río Forth o atravesados por las espadas inglesas.

Aprendamos de esto, y olvidemos los nacionalismos absurdos que solo nos pueden traer desgracias. Hagamos de nuestro mundo un lugar para todos, y dejemos los colores de las banderas para el pasado, inolvidable pasado, que nos marca la senda de nuestro futuro.
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