sábado, 21 de julio de 2012
El verano y la vida
La segunda quincena de julio es, sin duda, la época más calurosa de Córdoba. La ciudad hierve durante el día, y las noches son de insomnio y agua fresca. Y todo a pesar del diseño urbanístico de esta milenaria ciudad, de estrechas callejuelas que proporcionan una casi constante sombra, y casas blancas que repelen la luz solar, con frescos patios interiores llenos de vegetación.
Esta de la ribereña calle Mucho Trigo era así, una casa de vecinos con gruesos y encalados muros, dos patios a cuyo extrarradio se alineaban las macetas con su clorofílico e intenso verdor, y varias galerías por donde exhalaba el viento en forma de corriente. Pero aquella noche la quietud gaseosa de la superficie impidió que el funcional diseño de la vivienda sirviese para poco más que una mera brisa de aire recalentado. Ni siquiera el primer rocío de la aún no-nata amanecida quiso apaciguar en algo aquella asfixiante sensación de derretimiento. Solo un reloj-despertador quiso recordar que había vida. Eran las cinco de la madrugada.
- "Alfonso, no vayas a trabajar. Llevo toda la noche con dolores y no he pegado ojo. Creo que ya viene de camino".
Él se incorporó en la cama entre sudores, y se dió unos segundos para comprender lo que su esposa le acababa de decir. Miró de nuevo el reloj, bostezó y la observó atentamente con talante serio.
- "¿Estás segura Conchi?" -le preguntó- "Recuerda que los anteriores vinieron cuando ya estabas bastante cumplida, y a este todavía le falta una semana."
Se refería a Fuensanta y Alfonsito (pues Jesús no llegó a nacer), que ahora dormían en su dormitorio. Ella tenía cinco años, y el pequeñín dos.
- "Mira que yo sé lo que me digo" -replicó Conchi con urgencia- "Hazme caso y llévame a residencia".
- "¿No será el calor?"
- "¡Que no, hombre! ¡Que te digo que viene, y es que viene!
Alfonso no tuvo más remedio que claudicar. Al fin y al cabo ya estaba casi cumplida y en cualquier momento tendría que llegar. Además, como siempre, para él su familia era lo primero, y antes que todo lo demás. Así que no había nada más que hablar.
La Residencia Teniente Coronel Noreña se encontraba bastante retirada, en las afueras de la ciudad, camino de Palma del Río y de Córdoba La Vieja. Era un edificio amplio y bien ventilado, aunque con una distribución irregular. En la sala de recepción de enfermos, dos enfermeras se ocupaban de repartir a las embarazadas que iban llegando, que no eran pocas, y de los demás trámites burocráticos. Los hombres, por descontado, tenían el acceso prohibido más allá de aquella sala.
A Conchi la subieron a la primera planta para que le doctor diera su visto bueno antes de prepararla para el paritorio. Sobre una camilla de estridentes rodamientos, la introdujeron en la consulta del doctor De la Torre. El médico, al entrar ella, se incorporó y se le acercó sonriente.
- "A ver, Concepción, ¿qué tal?".
-"¡Ay, doctor!" -le gimió- "Que yo creo que ya está de camino"
-"Pero si todavía le falta más de una semana. ¿Estás segura?"
-"Que no, que no... Que viene ya. He estado toda la noche con dolores"
-"Bueno, tranquila. Tranquilízate, que vamos a ver en qué posición lo tienes"
El doctor hizo un gesto leve a la enfermera y esta se dispuso a prepararla para un reconocimiento manual en una cama ginecológica de al lado. Conchi se incorporó como pudo y se dirigió a duras penas a la cama, situándose, entre gemidos, como le dijeron. Mientras tanto, el médico se colocaba unos guantes de goma.
Instalada y dispuesta, Conchi se prestó a la exploración entre las preguntas del doctor.
-"¿Cada cuánto tiempo tienes dolores?"
-"No lo sé con exactitud, pero es ya casi constante el dolor"
-"¿Cuándo cumples concretamente?"
El doctor exploraba y examinaba la situación con más habilidad que delicadeza, mientras escuchaba lo que Conchi le respondía.
-"El próximo jueves. Dentro de justo una semana... ¡aay!"
-"¿Te ha dolido?"
-"Un poco".
El doctor retiró sus manos y se quitó decididamente sus guantes, dándose la vuelta.
-"Pues eso es justo lo que te falta; una semana"
-"¿Qué? ¿Qué dice, que todavía no está?"
-"No, no está. El crío está aún por darse la vuelta, así que todavía hay que esperar"
-"¿Y estos dolores?"
-"Son dolores pre-parto, que son lógicos a estas alturas, pero que cuando llegues a casa y te tranquilices ya verás cómo se te pasa en seguida y duermes como un lirón"
-"Pero yo no he tenido estos dolores en los partos anteriores si no era para meterme ya en el paritorio..."
-"Pues ya era hora de que los tuvieras alguna vez. Eso les pasa a muchas, aunque no lo creas. ¿Dónde está tu marido?" -preguntó, dando el tema por zanjado.
-"Ahí fuera"
-"Decidle que suba, por favor" -ordenó a una de las enfermeras- "Y tú, ya te puedes volver a vestir que todavía te queda" -dándole unos golpecitos en la cara.
Alfonso recibió con escepticismo la noticia, y también algo contrariado, no en balde ambos estaban deseando que todo acabase de una vez, y ahora habría que esperar una semana más.
-"¿Ves lo que te decía?" -le recriminaba Alfonso mientras cruzaban las vías del tren camino de la parada del autobús situada al final de la Avenida de Medina Azahara- "Si así fue con los anteriores..."
-"Que no, Alfonso. Que yo sé lo que me digo, hombre. Bueno, habrá que esperar, pero ya verás como me salgo con las mías".
El "Pío XII" era el nombre del autobús que también se llamaba "Circunvalación", pues era eso lo que hacía: circunvalar la ronda de la ciudad.
-"¿Por qué no nos llegamos a casa de mi hermana Paca?" -pidió Conchi.
-"¿Te encuentras con ganas?"
Ella se encogió de hombros. Lo que de verdad quería era ver a su hermana quien, para ella, era como su madre. No en vano era huérfana de madre desde los diez años.
Paca tenía una casa en la Barriada de la Electromecánica, y como el "Circunvalación" tenía que pasar por allí antes de regresar al barrio, solo tenían que bajarse en la parada, y luego a la salida cogerlo allí mismo para ir de vuelta.
-"Así que dice el médico que todavía no" -le terminó Conchi de explicar a su hermana Paca.
-"Bueno, pues ya sabes. Lo que tienes que hacer ahora es quedarte tranquila en la cama y a esperar"
-"A mí me duele mucho, Paca"
-"¿Quieres saber más que el médico?"
-"No soy primeriza, y yo sé que está ya de camino"
-"No seas así , Conchi. ¿Te hago una tila?"
-"Hazme una tilita, a ver si así..."
La tila y la conversación lograron calmarla un poco y los dolores fueron remitiendo. Al cabo de una hora y pico, decidieron irse a casa.
-"Si quieres quedarte aquí... estáis más cerca de la residencia"
-"No, Paca, prefiero estar en casa con los niños. Además, ¿y si esto es verdad que va a durar una semana?"
Paca fue a acompañarles hasta la parada del autobús.
-"Qué está Pepe, de mañana?" -preguntó Alfonso.
-"Sí, esta semana está de seis a dos, y la semana que viene está de noche".
Tuvieron suerte. El autobús no tardó en llegar. Después de un largo recorrido por el oeste de la ciudad, el autobús penetró en el Paseo de la Ribera, dejando a su derecha las verdosas aguas del Guadalquivir.
-"¡Cobrador!... ¡La próxima!"
-"Creo que no me ha sentado muy bien la tila"
Poco a poco la mañana fue pasando entre sudores y pequeños dolores. Conchi, tumbada bocarriba sobre la cama rezaba a su virgencita del Socorro con todo su fervor, mientras Alfonso hacía lo que podía con las labores de la casa. A mediodía apareció Aurora, la hermana menor de Conchi y casada con el hermano de Alfonso, con Santi y Alfonsito, para saber de las nuevas.
Los niños salieron al patio a jugar con los vecinos, mientras le contaban a Aurora lo que el médico les había dicho.
-"¿Quieres que busque a Don Fernando?"
Aurora conocía a casi todos los médicos de Córdoba, con quienes mantenía una gran amistad, y como siempre, se ofrecía para influenciar sobre ellos para que le hicieran favores. Cualquier cosa que tuviera que ver con el cuerpo médico ella lo podía conseguir: una cama en el hospital, una consulta extraordinaria, unas recetas especiales,...
-"Pero si ya le ha dicho el médico que tiene que tranquilizarse y esperar una semana" -dijo Alfonso. Su orgullo no le permitía tratos especiales de favor.
-"¿Te duele ahora?" -preguntó Aurora.
-"¡Claro que sí, a horrores!"
-"Bueno, tú quédate aquí tranquilita, que yo me llevo a los niños a mi casa. Y tú, Alfonso, si ves que empeora la llevas rápido a residencia. ¿Quieres que prepare algo de comer?"
-"Ya se lo estoy preparando yo"
-"No tengo ni pizca de hambre"
Si las mañanas y las noches veraniegas cordobesas son calurosas, las siestas pueden llegar a ser desesperantes. No hay alivio para estas horas. Las puertas y ventanas deben permanecer cerradas a cal y canto y las persianas lo más bajas posible, para impedir que la luz abrasadora penetre en la vivienda. El mejor remedio puede ser, si acaso, no moverse, quedarse casi estático, sin realizar esfuerzo alguno, dejando que el sudor se vaya lentamente evaporando, y beber abundante agua fresca. Desde la hora del almuerzo hasta las ocho de la tarde la ciudad más que dormida parece muerta, desierta, abandonada.
Cabe imaginar aquella siesta para Conchi, con un vientre de un más que considerable diámetro, un sofocante calor y aquel insoportable dolor. De vez en cuando entraba en la casa su cuñada Mercedes, la hermana pequeña de Alfonso que vivía con su padre en la misma casa de vecinos, para preocuparse por su situación. Para olvidarse de su ansiedad, Conchi decidió limpiar el piso de punta a punta ante la desesperación de su esposo, que casi le rogaba que se estuviera quieta.
Alguien llamó a la puerta, y Alfonso fue a abrirla. Eran Aurora y los niños, que venían de vuelta. Al verla limpiar esta exclamó;
- "¿Pero, qué haces?"
- "Por favor, Aurora" -le sollozó- "Llévame a residencia. Ya no puedo más"
-"Si es que no se está quieta" -le explicó Alfonso- "Ya no sé qué hacer para que se vaya a la cama"
-"¿Qué tienes en las piernas?" -le preguntó Aurora, retirándole con las manos la falda. Un hilo de líquido rosáceo le recorría el interior del muslo hasta la rodilla.
-"¡Por Dios!" -exclamó Aurora- "¡Si has roto aguas!"
Alfonso dio un brinco y se movilizó de inmediato. Ordenó a su hermana que se quedara a cargo de los niños y fue a llamar con urgencia un taxi. Mientras se vestían, Aurora murmuraba una oración entre dientes. El taxi no tardó en llegar.
-"¿Qué hora es?" -preguntó Conchi.
-"Las nueve y cuarto. Este niño ya tenía que haber nacido hace horas" -sentenció Aurora quitándole el sudor de la frente a su hermana.
A duras penas lograron meterla en el taxi, un mil quinientos de volante enorme y gran capacidad. Los niños miraban desde el portal de la casa, bajo la cruz del dintel, y les decían adios.
-"¿De parto?" -inquirió el taxista.
Nadie le respondió, pues el grito de la parturienta acalló cualquier comentario.
Las centenarias piedras de la Puerta del Puente fueron testigo de un nuevo alarido de Conchi. Mientras se retorcía, alargó su mirada confusa hasta el petril del Puente Romano, donde encontró el primer Triunfo de San Rafael que Córdoba tuvo, e imaginó una plegaria.
-"Esta mujer me va a parir en el coche"
-"Pues dese prisa"
Desde detrás de las murallas del Alcázar Viejo asomaban las palmeras como intentando saber qué estaba ocurriendo, mientras el taxista sorteaba "seiscientos" de todos los colores, pareciendo que había tantos como su nombre indica. En la Puerta de Gallegos un grupete de jornaleros esperaba la llegada del coche de línea para regresar a sus pueblos, y en los Jardines del Duque de Rivas, algún que otro pordiosero buscaba refugio entre los naranjos y la pérgola...
...Por fin la ancha y larguísima Avenida de Medina Azahara se quedó atrás, y al subir por el pequeño viaducto sobre las vías del tre, el piso de adoquín se hizo más irregular.
En el hospital, las enfermeras, al ver las manchas de líquido en las piernas, olvidaron toda burocracia y la llevaron con urgencia hasta el paritorio. Sobre la misma camilla en que era transportada, el doctor ordenó realizar el parto, pues no había tiempo para nada más. En algún reloj escondido dieron las diez de la noche, y aún había luz.
Las enfermeras y matronas revoloteaban a su alrededor ocupadas con sus cosas mientras una vocecita le pedía que empujara con fuerza. Los espasmos de dolor eran ya insoportables y los sudores empapaban su espalda. Alguien le agarró la mano con fuerza para pedirle un último esfuerzo.
-"¡Venga Conchi, ya está aquí!"
-"¡Ya lo tengo!"
Aquel último esfuerzo la dejó exhausta. Se sintió vacía y escuchó cómo cortaban el cordón umbilical a la criatura, pero no se oían los llantos típicos del recién nacido. Preocupada, levantó la cabeza para observar lo que ocurría, y vio cómo cogían al niño por los pies y comenzaban a palmearle para que diera muestras de vida. Uno, dos tres,... cuatro, cinco,... Por fin, un estridente alarido invadió aquella habitación ante la expectación de los presentes. Conchi, dolorida y cansada, reclinó de nuevo la cabeza y cerró los ojos. Todo había pasado. Eran las diez y diez de la noche del día 21 de julio de 1966.
-"Aquí tienes a tu machote" -alguien proclamó. Ella abrió los ojos y le miró.
-"¿Por qué está tan amoratado?" -preguntó.
-"Lo has tenido mucho tiempo en el vientre, pero gracias a Dios todo ha ido bien"
Después de lavarla y prepararla, una enfermera le dio una especie de escapulario con el número 17 escrito en él.
-"Toma, cuélgate esto" -le pidió, mientras hacía lo mismo con el bebé, colgando en un dedito del pie otro pequeño con el mismo número.
Una extraña muestra de sensaciones buenas y malas invadieron las entrañas de Conchi, rellenando el hueco que había dejado vacío el pequeño José Manuel.
Córdoba, 4 de agosto de 1997.
P.D. He querido recuperar un antiguo escrito que hice en la fecha que aquí se ve, hecho con boli Bic y en un cuaderno cuadriculado que aún guardo con una pegatina en su portada que dice: "Sensaciones 1". Se ve que pretendía llenarlo y abrir otro con la pegatina "Sensaciones 2". Quiero pedir perdón por varias cosas: por publicar algo que se refiere a mi persona; por la baja calidad literaria del relato, que la Academia me perdone la vida; por lo largo que se hace, espeso y "pesao"; y porque las fotos, salvo una, no están hechas por mi. Pero como hoy es mi cumpleaños, he querido, más que homenajearme a mi mismo, hacerlo con quienes la vida me dieron, pues vivieron tiempos... más que duros, difíciles. Dejémoslo así, ¿para qué meter más el dedo?
Así que ahora, que son las diez y diez de la noche, mando al mundo cibernético mi mensaje más cariñoso para decir: Gracias, Papá y Mamá, por darme la vida. Os deseo mi más felíz cumpleaños. Un beso.
sábado, 16 de junio de 2012
Salmorejo qurtubano
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| El salmorejo que nos hemos comido hoy |
Simplemente quiero compartir con todo aquel que aquí se encuentre ahora, una receta simple, sana, con un excepcional sentido del reciclaje y aprovechamiento, sensorial y que llena satisfactoriamente el estómago.
Nombrar en Córdoba al salmorejo es atreverse con la ortodoxia más radical del cordobesismo. Al igual que con el perol o giras campestres, como decía Don Ricardo de Montis, osar la cátedra que los qurtubanos han hecho de algunas de sus más enraizadas formas de vida o entender el mundo. Mi osadía ha de comprenderse no como una tesis doctoral, sino más bien como una aportación al mundo, ese mundo plural que como tal enriquece a la comunidad en sí. Y si mi atrevimiento supusiera lesión, como no lo dudo, al más encariñado de los salmorejistas, sepa este que tiene esta puerta abierta para restañar sus heridas reponiendo con su palabra los cánones que considere heridos, pues no hay nada mejor que escuchar y ser oído.
Si del salmorejo se suele hablar bien por sus propiedades nutritivas y saludables, yo voy hoy a hacer hincapié en el sentido común con el que nace. Un sentido común basado en el aprovechamiento de lo que en principio es sobrante, pero que con imaginación, buen hacer y cariño, se convierte en un manjar exquisito, que satisface los sabores, completa el cuerpo de los nutrientes necesarios y llena la barriga. La lectura que da este plato es que nada sobra, y del pan duro que se nos empedra en la talega sacamos un almuerzo o cena que nos deja satisfechos.
Pero todo tiene una explicación: la materia prima que se usa. Si las mejores leches proceden de los lugares donde más hierba hay para que las vacas mejor se alimenten (Asturias, Galicia, Cantabria,...), el mejor jamón serrano de donde hay mejores encinas (Salamanca, Extremadura, Andalucía,...), el mejor arroz donde se encuentran las más preciadas lagunas (Valencia, Huelva, Sevilla,...), los mejores vinos en los lugares más húmedos y al mismo tiempo calurosos (Montilla, Jerez, Valdepeñas, Rioja, Ribera del Duero, Penedés,...), los mejores salmorejos solo pueden venir de Córdoba, porque aporta su mejor materia prima. Y si no, vean la receta:
RECETA DEL SALMOREJO QURTUBANO:
1.- Telera cordobesa, del día o del día anterior.
2.- Dos o tres tomates de la Vega cordobesa del Guadalquivir.
3.- Un trocito de ajo, o un ajo muy pequeño, pero que sea de Montalbán, Santaella, San Sebastián de los Ballesteros o Aguilar de la Frontera. Son garantía de buen ajo, con sabor, y no el chino, que parece hecho para la foto.
4.- Sal al gusto, vinagre de vino y un chorreón de aceite de oliva de Baena o Priego de Córdoba.
5.- Un huevo duro y jamón del Valle de los Pedroches.
ELABORACIÓN:
1.- Ponga la miga de pan de telera qurtubana en agua durante unos minutos para que se enternezca. Recuerde que es pan duro. VERSIÓN ANTIGUA: Deje durante unas horas la miga de pan cubierta por el tomate troceado para que este la emblandezca. Hay que tener paciencia.
2.- Estruje el pan sacándole el agua y colóquelo en un cacharro para batir con la "minipimer" junto con el ajo, sal, vinagre y aceite de oliva y bátalo hasta obtener una crema fina. VERSIÓN ANTIGUA: Coloque el pan emblandecido, el tomate, el ajo, sal, vinagre y aceite de oliva, en un bol amplio y comience a machacar en el mortero o almirel durante un par de horas, hasta obtener una crema fina.
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| Mortero o almirel |
3.- Una vez en el plato, ya una crema fina, trocee el jamón y el huevo al gusto y repártalo. Para adornar, se pueden echar trocitos de hojas de orégano o perejil, pero solo para adornar. También se le puede poner un chorreón de aceite de oliva.¿Cómo comerse el salmorejo qurtubano? Menos con las manos, todo vale. Hay quien usa una cuchara, como si fuera una vichyssoise cualquiera, pero lo suyo es cogerse otra telera cordobesa recién hecha, del día, de Pan Recor (el pan nuestro de cada día) y mojar, y mojar, y mojar... Si se acompaña con algo, lo mejor es una tortilla de patatas con su cebollita cocida dentro de ella, pero también acompaña bien con alguna carne, especialmente de ave (para mi gusto)
Por último decir, que a pesar de que este plato es especialmente cordobés, tampoco hay que olvidar que también hay otros lugares donde se disfruta y lo hacen como suyo, como en Jaén...
...O Antequera, donde la llaman Porra.
Cosas del sur.
Buen provecho.
sábado, 9 de junio de 2012
Canteras de la Albayda, más de mil años después...
Una qurtubana mañana inusualmente fresca y primaveral para el mes que vivimos; en estas latitudes habitualmente más veraniego que no, nos ha recibido a la falda de esta hermosa sierra cordobesa que la naturaleza nos ha donado para nuestro solaz y disfrute... y respeto.
El frescor tempranero y un intenso azul en el cielo estratosférico, que no divinizado, nos ha cubierto con su sureña intensidad, dando color y claridad a campos y lomas, a faldas serranas y cauces de arroyos que roturan la tierra marcando una arruga esperanzadora de recibir las lágrimas de la montaña, marcándole el camino y rasgando lindes independientes de las decisiones de los humanos.
En esa frontera entre la fértil vega del Guadalquivir y la negruzca y yerma tierra serrana de la Morena sierra norte andaluza, el contraste se acentúa, marcando colores y aromas distintos unos de otros. Este borde, de distancias cercanas, se fusiona con la propia naturaleza y con la relación de esta con el ser humano, quien a veces se aprovecha y otras se ofrece.
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| A la izquierda la Hacienda de la Albayda; a la derecha el Castillo medieval de la Albayda, y en el centro el sembrado que separa la Sierra del Valle. |
Este lugar, conocido como la Albayda (castillo blanco), y que ocupa múuuuuuuchas hectáreas, mantiene a la falda de la sierra un lugar tan recóndito como inaudito, tan espectacular como discreto, tan auténtico como sencillo. Hace más de mil años fue usado como cantera para la construcción de los más grandes y mejores edificios de una ciudad que fue capital de uno de los estados más importantes e influyentes en la historia universal, y especialmente en esta Europa que hoy nos han vendido, más preocupada de sus banqueros y políticos que de sus ciudadanos.
Madinat al-Zahra se construyó, junto con otras canteras cercanas, con las de la Albayda. Allí los mineros (no eran esclavos, sino asalariados) trabajaron la piedra para extraerla, sudando y quemando sus pieles, para ofrecerla a los artesanos que la desbastaban, pulían y colocaban. Las acémilas transportaban miles de kilos cada día recorriendo este borde natural mientras el sol de junio y julio quebraba los labios de sus transportadores. Después de más de mil años el lugar se puede ver como lo dejaron aquellos sudorosos mineros, rodeado de la vegetación que afortunadamente todo lo ocupa, como protegiéndolo, y con una discreción tal que parece más bien hecha para esconderse de las agresiones que sufre nuestra naturaleza por parte del ser humano.
Acompañado de amigos siempre es más ameno afrontar una "aventura", especialmente cuando se aprende de ellos. Hoy ha sido así, y mis amigos Paco_Muñoz y Paco_Madrigal han estado conmigo (o más bien yo con ellos) en esta visita a las Canteras de Santa Ana de la Albayda, lugar que conjuga lo histórico con lo natural. Hacia ellos vaya mi agradecimiento por compartir conmigo su tiempo, así como sus conocimientos y vivencias que la vida y su trabajo les ha dado. Hoy disfrutan de una merecidísima jubilación, después de decenas de años dando el callo por los demás. Gracias.
Hemos visitado tres canteras (quizás habrá más, ya que la zona está muy colmatada y aún así se ven restos de piedra por toda la zona) seguidos del siempre bien informado amigo Paco Muñoz, quien se quedó con las ganas de hacer una visita_técnica con los recorridos temáticos que organiza el yacimiento de Madinat al-Zahra, por culpa de la lluvia. Yo también me quedé entonces con las ganas porque el cupo de asistentes estaba cubierto.
Parece inaudito que tan cerca de la ciudad exista un paraje tan espectacular y al mismo tiempo tan desconocido por la mayoría de los ciudadanos a quienes pertenece.
Habría, en principio, que explicar el por qué de esta cantera, que nos lleva a millones de años en el pasado, y que nos empequeñece tanto que es imposible dejar de sentirse como una mota de polvo en el desierto saharaui.
Hace esos millones de años de los que hablo, la Sierra Morena andaluza eran unos acantilados donde rompían las olas del conocido como Mar de Tetis. Ciudades actuales como Huelva, Cádiz, Sevilla o Málaga se encontraban a decenas de metros bajo el mar, y la playa se encontraba en este lugar. Eso sí, no tenían chiringuitos, así que ni choco onubense, ni langostinos de Sanlúcar, ni espetos de sardinas malagueñas. A ver, todo no iba a ser perfecto.
Los sedimentos de la erosión del mar sobre estos acantilados acumularon restos de seres vivos, marinos y terrestres, formando distintas capas que dieron forma a la piedra calcarenita que hoy en día podemos ver. Observando detenidamente el paramento vertical de las paredes de esta cantera podemos ver los restos fósiles pertenecientes a esta época tan lejana en el tiempo, con conchas de distintos tamaños y formas.
También se observan con claridad los diferentes estratos.
Esta piedra arenosa resultó ser muy fácilmente maleable para los artistas altomedievales, así que no se hable más: ¡a por ella!. Palacios, murallas, ciudades enteras, fueron construídas con esta piedra maravillosamente moldeable a la imaginación de arquitectos y artistas andalusíes. A principios del siglo X, la actividad en esta cantera debió ser impresionante, repleta de trabajadores, transportadores, encargados, arquitectos, artistas,... y personal de intendencia para todos ellos.
Hoy en día llama la atención la discreción del lugar donde se encuentra y la protección y convivencia que la naturaleza ha hecho de aquel. La mayor de ellas la protege y toma un ejército de almezos (descubrimiento observador del Muñoz de los Pacos), dando sombra y frescor al entorno.
La cantera mediana se muestra hacia el sur descaradamente, con su terraza artificial...
La pequeña se esconde detrás de las ramas de una aprovechona higuera que hace de puerta de entrada.
Con el permiso de la higuera, bajando una pequeña pendiente, una garganta de paredes de piedra tallada por el hombre da paso a un habitáculo húmedo y artificial.
Donde la vegetación se hace dueña del espacio.
Mientras tanto, en el exterior, la relación entre el valle y la montaña produce sus frutos, y nos regala embriones inolvidables.
Embriones de los que la propia naturaleza se aprovechará y con los que compartirá sabiamente sus necesidades. Porque no somos nadie sin nuestro entorno.
¿Están ricos, verdad? Estos bichitos saben lo que se hacen. En mi pubertad comí alguno como estos para la merienda, y ¡sigo vivo!. Buen provecho, que pronto se secarán.
No quiero dejar pasar este momento para que todo aquel que ha tenido la paciencia de llegar hasta el final de estas líneas, en las que describo mis vivencias en una mañana de sábado cualquiera en relación con la Naturaleza y la Historia, para que sepa que tiene un DERECHO que nadie le puede quitar. Sí, usted que está leyendo ahora, sí... usted tiene derecho a sentir la satisfacción de haber dejado el lugar incluso más limpio que como se lo encontró: no haber dejado botellas, latas, colillas de cigarrillos, bolsas de plástico, vídrios,... No lo olvide, tiene derecho a sentir que ha dejado el campo y la montaña mejor que como la encontró, porque esa satisfacción es tan grande que le hará pensar que este mundo está hecho para usted, para disfrutarlo, para observarlo, olerlo y tocarlo. ¡Sentirá que es suyo! Enhorabuena por disfrutar de esta sensación; que no le quite nadie ese derecho, porque el campo es SUYO.
domingo, 3 de junio de 2012
Al-Rummaniyya, el regalo para el Califa
El Califa salió, con el sol ya bien alto, por la puerta occidental de Madinat Al-Zahra, acompañado de su séquito, vistiendo su túnica blanca omeya y turbante verde sunní, recorriendo los campos sembrados de trigo, cebada y algodón, que enraizaban en las arcillosas y tremendamente ricas tierras del Valle del Wad al-Quebir. A su derecha la verdosa Sierra Mariana, plagada de alcornoques, aligustres y encinas, parecían hacerle competencia en altivez y prepotencia. A su izquierda, la campiña se le mostraba sencilla, dominada, ausente, bajo el intenso azul del cielo qurtubano, siempre abierto, siempre claro.
Al paso por los asentamientos que rodeaban la ciudad palatina, los súbditos rendíanle homenaje agradeciendo el pan y la sal, y suplicando a Dios una larga vida a su director espiritual y absoluto gobernante, quien le permitía la vida, que no es poco, y un plato de comida al día. Leche y habas, y pan para la perra. Y los viernes, un berenjenal. Dios es grande.
El séquito se cruzó con algunos esclavos que transportaban piedras hacia la Madinat, procedentes de las canteras de la falda de la sierra. Sus torsos desnudos, sudorosos y quemados por el sol impresionaron al Califa, que preguntó si habían comido hoy.
"Por supuesto, mi Señor, como todos los días antes de empezar a trabajar"
El Califa sonrió. "¿Eso es todo?" dijo. "¿Acaso el ser humano se alimenta solo de pan?"
"Y hemos rezado por Dios y por Nuestro Señor Su Representante en la Tierra, por nuestro Califa, a quien Dios muchos años Guarde de la inevitable cita con el Paraíso".
"Dad descanso a mis súbditos a las puertas de Al-Zahra, proveedlos de frutas y agua fresca, y llevadlos a la mezquita al sur de la muralla de la Madinat donde, después del hamman, recen y den gracias a Dios por ser parte de este mundo. Así sea y así se haga".
Aquel grupo de esclavos no podía creer lo que había oído: ¡el mismísimo Califa les había dado la posibilidad de refrescarse y rezar a Dios! Hoy era su día de suerte.
El Califa no podía creer que tan cerca de su ciudad palatina existiera aquella construcción que estaba a punto de visitar. Una cosa era una almunya, que se suponía era un lugar productivo, para crear riqueza para el Estado y proveer de alimentos a la comunidad, y otra era aquel palacete que Durri al-Saghir, su tesorero, se había construído allí.
Aquella construcción casi copiaba irreverentemente la disposición de la ciudad palatina de Madinat al-Zahra, componiéndose en cuatro terrazas al borde de la sierra. Lo primero que el Califa vio al cruzar la puerta oriental, a su izquierda, fueron las dos terrazas inferiores, llenas de caballos y bueyes.
Parando su caballo, el Califa observó cómo los muros que arriostraban los diferentes espacios de aquel lugar entremezclaban la soga y tizón con originales combinaciones de aquellas con hormigón de influencia romana.
Pero lo mejor estaba por llegar. Esas dos terrazas que el Califa vio nada más llegar eran la parte más productiva pero menos atractiva; arriba le esperaban las dos terrazas más suntuosas, rodeadas de jardines, albercas, pabellones y acequias.
Fue recibido en palacio como se le supone que se merecía. El palacio, situado en la parte más alta de la almunya, fue decorado con tapices persas, plantas traídas desde Afriquiya, verlorros francos y fuentes de colores tintadas con plomo y arsénico.
El ministro Durri, después de una suculenta cena, repleta de manjares y licores dignos de no ser revelados a los intransigentes ulemas, cogió del brazo al Califa, como si fuera de este mundo, y arrastrándole del brazo lo puso en el centro de un lugar donde la oscuridad era la dueña de la situación. El pabellón entre la alberca y el mirador a la terraza del jardín. Entre la penumbra, el más humano de los califas creyó oír:
"Me he lucrado de las miserias de vuestro pueblo. He sido cruel y avaro. He sucumbido a la humana debilidad de ser más de lo que merezco. Esto que hoy veis, oleis y tocáis, no es si no parte del sacrificio de vuestros súbditos y no mía. Me siento ruín, y por eso hoy, ¡Dios Todopoderoso me acoja!, es vuestro, os lo cedo, os lo regalo esperando vuestra misericordia y comprensión, alabando vuestra magnánima decisión, sea cual sea, pues no soy digno de recibir ni siquiera vuestro perdón."
El Califa, oyendo las disculpas de su ministro, sintió asco de sí mismo. La humedad que flotaba en el ambiente acompañaba. Se dio media vuelta y volvió a su alcoba sin decir palabra.
Al día siguiente, con el alba recién nacida, volvió al pabellón que daba a la alberca, y la observó...
El agua era transparente. La sierra la traía clara desde el aljibe nororiental, y el Califa observaba cómo entraba el agua, con tanta fuerza.
Pensó: "Esta almunya será para el Estado"
EXPLICACIÓN:
El tesorero de al-Ándalus, Durri el Chico, funcionario del Estado andalusí, se aprovechó de su situación política para enriquecerse, y se construyó esta almunya para invertir sus "ahorros". Cuando el Califa supo de sus irregularidades, a Durri solo se le ocurrió ceder sus terrenos y palacio al propio Califa, agasajándolo con una gran cena, a cambio de que no le llevaran a la cárcel. Luego no sabemos qué fue de aquello. Probablemente Durri no iría a la cárcel, pero tampoco seguiría con su nivel de vida.
Actualmente, la almunya de al-Rummaniyya, se encuentra dentro de un cortijo (o quizás este dentro de aquella) y sus muros, a soga y tizón, nos recuerdan lo que un día fue. Es parte de la influencia de Madinat al-Zahra, protegido por las leyes, y tiene la suerte de ser la almunya mejor conservada de al-Ándalus, o lo que es lo mismo, del mundo entero, pues ni siquiera los países árabes mantienen intactos los restos de una construcción del siglo X, como sí se puede ver en esta construcción,
Hoy, gracias a los recorridos temáticos que organiza el yacimiento de Madinat al-Zahra, lo hemos podido disfrutar. A saber cuándo podremos volver a hacerlo.
domingo, 13 de mayo de 2012
Tarde del 12 de mayo, paseo por Córdoba
Es siempre un placer pasear por mi ciudad, Córdoba, andurreando sus callejuelas y placitas, oliendo el aroma húmedo de las flores y plantas de sus patios, pisando sus calles pavimentadas de guijarro del Guadalquivir y losas de la piedra de mina, traídas desde Sierra Morena, o deslumbrándome con las encaladas fachadas de las casas de barrios milenarios salpicados de iglesias mudéjares y casonas renacentistas. Pero este sábado ha sido un paseo distinto.
Hoy las callejuelas se nos han quedado a un lado y hemos elegido el ensanche occidental y norte más inmediato al Casco Viejo, más que nada porque hemos sido muchos los que hemos elegido este paseo, y muchos más de los que se cuentan los que hemos compartido grandes momentos de humana expresión, y en estas calles anchas, hechas más para los vehículos que para las personas, nos han dado la oportunidad de ocuparlas con nuestros zapatos y zapatillas, sin necesidad de esperar a que el semáforo se ponga en el color adecuado.
Los árboles del jardín de la Puerta de Almodóvar nos ha dado el cobijo sombrío que ya en Córdoba empieza a ser imprescindible.
Las murallas cercanas a la Puerta de Almodóvar están consideradas por algunos las más antiguas de la ciudad, construídas en la época romana del ensanche imperial hacia el sur. La dicha puerta es la única que mantiene su carácter medieval andalusí, y un día se llamó Bab Al-Chawz, o Puerta de los Drogueros. Ante ella un pensativo Séneca nos parece enseñar qué es lo que debemos hacer con nuestro mundo: pensar en él, los cómos y los por qués.
No debemos olvidar que estamos en el mes de mayo, que es el mes festivo cordobés por excelencia, y habrá que recordar que en este lugar se celebró la feria desde que en 1820 se decidió, después de 536 años, trasladarla a este lugar, y aquí estuvo hasta 1994, que pasó a ocupar su actual ubicación en el Arenal. La foto anterior está hecha desde el lugar que ocupaba la caseta del Esparraguero, una de las más populares y abiertas. Desde aquí mismo, mirando hacia el otro lado, la vista actual es la que sigue:
Como pueden observar, el antiguo Hotel Meliá (que todos llamábamos el "Palasss") ha desaparecido, y actualmente han construido otro con más caché, donde se alojan políticos, banqueros, empresarios de aseguradoras, caciques y demás especímenes a extinguir. Muchos cordobeses llaman a este edificio "El Mohoso", no por quienes lo frecuentan, sino más bien por la capita de herrumbre que tiene la estructura ferrosa de su fachada.
Pero volvamos a la antigua feria cordobesa que aquí se celebraba.
¿Quién no recuerda este Paseo de la Victoria con sus caballistas de sombrero cordobés, y sus calesas o coches de caballos tintineando por esta calle? Pues bien, siguen haciéndolo, aunque sin feria. La prueba es esta foto que a continuación pueden ver:
Sigue nuestro paseo por esta Avenida de la Victoria (llamada así por el convento del mismo nombre, también llamado de Nuestra Señora de las Huertas, que aquí había, y no por conmemorar la visita que Franco a Córdoba hizo, como nos han querido demostrar en una colección de DVDs del periódico El Mundo no hace mucho, con imagenes del NODO) En los jardines nos encontramos con la que fuera la más antigua y privada caseta de feria de Córdoba: la del Círculo de la Amistad. De estilo modernista y estructura metálica, hubo algún que otro golfillo, allá por los ochenta, que intentó entrar en ella con el cartón del paro (de cartón de verdad, y de color verde de verdad) en la boca. Un repeinado engominado y trajeado se lo impidió, echándose mano a la cintura donde pretendía hacer saber que había una "pipa". Desde luego, el que se lo pasó "pipa" fue el golfillo, más que el engominado.
Cercano a este lugar, y del mismo estilo arquitectónico y época, está el Kiosko de la Música. Creado para la banda municipal en el siglo XIX, hoy también sirve para otros estilos musicales y exposiciones. Bueno, ahora ya no, porque no podemos gastar lo que no tenemos: hay que generar confianza en... ¡Enga ya, con los pegos...!
Llegamos a la Puerta de Gallegos, una de las puertas de entrada a la ciudad más antiguas. Hoy la puerta no existe, pero si la calle que era el Decumanus Maximus, que llevaba al foro de la Colonia Patricia de Corduba. Al exterior existía un cementerio romano del que hoy se puede observar un mausoleo de época republicana romana y la calzada que unía Córdoba con Hispalis.
Vease la calzada romana, y los cuatro gatos que hay esperando al autobús.
Continúa nuestro paseo por los exteriores de la muralla romana cordobesa, y giramos a la derecha por la Ronda de los Tejares, lugar de habitación de avaros y maleantes. Grandes edificios han construido los especuladores para ofrecerse al mundo, y es un deleite observarlos. Valga aquí un ejemplo:
Es hora de descansar, física y psicológicamente, y mientras tanto nos preguntamos cosas a las que no encontramos respuestas.
Pocas calles como la Avenida del Gran Capitán nos ofrecen en esta nuestra ciudad de Córdoba lo que es la demostración del poderío y el caciquismo. Muchas de las casas de esta calle vomitan prepotencia descaradamente, pero yo me voy a quedar con el único edificio público (o semi-público) de ella: el Colegio de Arquitectos, obra de Adolfo de Castiñeyra, de estilo modernista. (Sí, allí, al fondo; para mejor ver, ve a esta calle, que la foto no pilla todo el edificio, lo siento)
Y salimos a lo que todavía conocemos los cordobeses como "El Vial", es decir, los terrenos liberados por RENFE, que después de escondernos el AVE bajo tierra (a costa de parte de nuestro legado cultural) se nos quedaron para nosotros. La estación vieja, con el pirulí de Canal Sur y la nueva, con su aspecto de vagón de tren antiguo, se dan la mano, y la tarde acaba aquí.
Aquí acaba nuestro paseo de hoy.
Supongo que el lector, si es que ha tenido la paciencia de llegar a estas alturas de mi entrada, habrá podido observar algo especial en las calles de esta histórica y estoica ciudad. Efectivamente, las calles han estado llenas de gente, de personas jóvenes y mayores, niños y abuelos, parados y trabajadores,... No, no es por el mes de mayo festivo de la ciudad...,
Tampoco porque el Córdoba CF haya subido a primera división (que lo hará!) ni por que sea tarde de toros. La gente ha salido a la calle a gritar ¡basta!... A exigir sus derechos a la vivienda, al trabajo, a la educación, a la asistencia social, a la jubilación digna,...
A hacer del nuestro un mundo mejor...
... y que todos paguen su cuota proporcional para conseguirlo.
Por nuestros hijos, nietos, abuelos,... ¡qué buen paseo por mi ciudad!
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