sábado, 21 de julio de 2012

El verano y la vida


La segunda quincena de julio es, sin duda, la época más calurosa de Córdoba. La ciudad hierve durante el día, y las noches son de insomnio y agua fresca. Y todo a pesar del diseño urbanístico de esta milenaria ciudad, de estrechas callejuelas que proporcionan una casi constante sombra, y casas blancas que repelen la luz solar, con frescos patios interiores llenos de vegetación.


Esta de la ribereña calle Mucho Trigo era así, una casa de vecinos con gruesos y encalados muros, dos patios a cuyo extrarradio se alineaban las macetas con su clorofílico e intenso verdor, y varias galerías por donde exhalaba el viento en forma de corriente. Pero aquella noche la quietud gaseosa de la superficie impidió que el funcional diseño de la vivienda sirviese para poco más que una mera brisa de aire recalentado. Ni siquiera el primer rocío de la aún no-nata amanecida quiso apaciguar en algo aquella asfixiante sensación de derretimiento. Solo un reloj-despertador quiso recordar que había vida. Eran las cinco de la madrugada.

- "Alfonso, no vayas a trabajar. Llevo toda la noche con dolores y no he pegado ojo. Creo que ya viene de camino".

Él se incorporó en la cama entre sudores, y se dió unos segundos para comprender lo que su esposa le acababa de decir. Miró de nuevo el reloj, bostezó y la observó atentamente con talante serio.





- "¿Estás segura Conchi?" -le preguntó- "Recuerda que los anteriores vinieron cuando ya estabas bastante cumplida, y a este todavía le falta una semana."

Se refería a Fuensanta y Alfonsito (pues Jesús no llegó a nacer), que ahora dormían en su dormitorio. Ella tenía cinco años, y el pequeñín dos.

- "Mira que yo sé lo que me digo" -replicó Conchi con urgencia- "Hazme caso y llévame a residencia".

- "¿No será el calor?"

- "¡Que no, hombre! ¡Que te digo que viene, y es que viene!

Alfonso no tuvo más remedio que claudicar. Al fin y al cabo ya estaba casi cumplida y en cualquier momento tendría que llegar. Además, como siempre, para él su familia era lo primero, y antes que todo lo demás. Así que no había nada más que hablar.



La Residencia Teniente Coronel Noreña se encontraba bastante retirada, en las afueras de la ciudad, camino de Palma del Río y de Córdoba La Vieja. Era un edificio amplio y bien ventilado, aunque con una distribución irregular. En la sala de recepción de enfermos, dos enfermeras se ocupaban de repartir a las embarazadas que iban llegando, que no eran pocas, y de los demás trámites burocráticos. Los hombres, por descontado, tenían el acceso prohibido más allá de aquella sala.

A Conchi la subieron a la primera planta para que le doctor diera su visto bueno antes de prepararla para el paritorio. Sobre una camilla de estridentes rodamientos, la introdujeron en la consulta del doctor De la Torre. El médico, al entrar ella, se incorporó y se le acercó sonriente.

- "A ver, Concepción, ¿qué tal?".

-"¡Ay, doctor!" -le gimió- "Que yo creo que ya está de camino"

-"Pero si todavía le falta más de una semana. ¿Estás segura?"

-"Que no, que no... Que viene ya. He estado toda la noche con dolores"

-"Bueno, tranquila. Tranquilízate, que vamos a ver en qué posición lo tienes"

El doctor hizo un gesto leve a la enfermera y esta se dispuso a prepararla para un reconocimiento manual en una cama ginecológica de al lado. Conchi se incorporó como pudo y se dirigió a duras penas a la cama, situándose, entre gemidos, como le dijeron. Mientras tanto, el médico se colocaba unos guantes de goma.

Instalada y dispuesta, Conchi se prestó a la exploración entre las preguntas del doctor.

-"¿Cada cuánto tiempo tienes dolores?"

-"No lo sé con exactitud, pero es ya casi constante el dolor"

-"¿Cuándo cumples concretamente?"

El doctor exploraba y examinaba la situación con más habilidad que delicadeza, mientras escuchaba lo que Conchi le respondía.

-"El próximo jueves. Dentro de justo una semana... ¡aay!"

-"¿Te ha dolido?"

-"Un poco".

El doctor retiró sus manos y se quitó decididamente sus guantes, dándose la vuelta.

-"Pues eso es justo lo que te falta; una semana"

-"¿Qué? ¿Qué dice, que todavía no está?"

-"No, no está. El crío está aún por darse la vuelta, así que todavía hay que esperar"

-"¿Y estos dolores?"

-"Son dolores pre-parto, que son lógicos a estas alturas, pero que cuando llegues a casa y te tranquilices ya verás cómo se te pasa en seguida y duermes como un lirón"

-"Pero yo no he tenido estos dolores en los partos anteriores si no era para meterme ya en el paritorio..."

-"Pues ya era hora de que los tuvieras alguna vez. Eso les pasa a muchas, aunque no lo creas. ¿Dónde está tu marido?" -preguntó, dando el tema por zanjado.

-"Ahí fuera"

-"Decidle que suba, por favor" -ordenó a una de las enfermeras- "Y tú, ya te puedes volver a vestir que todavía te queda" -dándole unos golpecitos en la cara.

Alfonso recibió con escepticismo la noticia, y también algo contrariado, no en balde ambos estaban deseando que todo acabase de una vez, y ahora habría que esperar una semana más.

-"¿Ves lo que te decía?" -le recriminaba Alfonso mientras cruzaban las vías del tren camino de la parada del autobús situada al final de la Avenida de Medina Azahara- "Si así fue con los anteriores..."

-"Que no, Alfonso. Que yo sé lo que me digo, hombre. Bueno, habrá que esperar, pero ya verás como me salgo con las mías".

El "Pío XII" era el nombre del autobús que también se llamaba "Circunvalación", pues era eso lo que hacía: circunvalar la ronda de la ciudad.

-"¿Por qué no nos llegamos a casa de mi hermana Paca?" -pidió Conchi.

-"¿Te encuentras con ganas?"

Ella se encogió de hombros. Lo que de verdad quería era ver a su hermana quien, para ella, era como su madre. No en vano era huérfana de madre desde los diez años.



Paca tenía una casa en la Barriada de la Electromecánica, y como el "Circunvalación" tenía que pasar por allí antes de regresar al barrio, solo tenían que bajarse en la parada, y luego a la salida cogerlo allí mismo para ir de vuelta.

-"Así que dice el médico que todavía no" -le terminó Conchi de explicar a su hermana Paca.

-"Bueno, pues ya sabes. Lo que tienes que hacer ahora es quedarte tranquila en la cama y a esperar"

-"A mí me duele mucho, Paca"

-"¿Quieres saber más que el médico?"

-"No soy primeriza, y yo sé que está ya de camino"

-"No seas así , Conchi. ¿Te hago una tila?"

-"Hazme una tilita, a ver si así..."

La tila y la conversación lograron calmarla un poco y los dolores fueron remitiendo. Al cabo de una hora y pico, decidieron irse a casa.

-"Si quieres quedarte aquí... estáis más cerca de la residencia"

-"No, Paca, prefiero estar en casa con los niños. Además, ¿y si esto es verdad que va a durar una semana?"

Paca fue a acompañarles hasta la parada del autobús.

-"Qué está Pepe, de mañana?" -preguntó Alfonso.

-"Sí, esta semana está de seis a dos, y la semana que viene está de noche".



Tuvieron suerte. El autobús no tardó en llegar. Después de un largo recorrido por el oeste de la ciudad, el autobús penetró en el Paseo de la Ribera, dejando a su derecha las verdosas aguas del Guadalquivir.

-"¡Cobrador!... ¡La próxima!"

-"Creo que no me ha sentado muy bien la tila"

Poco a poco la mañana fue pasando entre sudores y pequeños dolores. Conchi, tumbada bocarriba sobre la cama rezaba a su virgencita del Socorro con todo su fervor, mientras Alfonso hacía lo que podía con las labores de la casa. A mediodía apareció Aurora, la hermana menor de Conchi y casada con el hermano de Alfonso, con Santi y Alfonsito, para saber de las nuevas.

Los niños salieron al patio a jugar con los vecinos, mientras le contaban a Aurora lo que el médico les había dicho.

-"¿Quieres que busque a Don Fernando?"

Aurora conocía a casi todos los médicos de Córdoba, con quienes mantenía una gran amistad, y como siempre, se ofrecía para influenciar sobre ellos para que le hicieran favores. Cualquier cosa que tuviera que ver con el cuerpo médico ella lo podía conseguir: una cama en el hospital, una consulta extraordinaria, unas recetas especiales,...

-"Pero si ya le ha dicho el médico que tiene que tranquilizarse y esperar una semana" -dijo Alfonso. Su orgullo no le permitía tratos especiales de favor.

-"¿Te duele ahora?" -preguntó Aurora.

-"¡Claro que sí, a horrores!"

-"Bueno, tú quédate aquí tranquilita, que yo me llevo a los niños a mi casa. Y tú, Alfonso, si ves que empeora la llevas rápido a residencia. ¿Quieres que prepare algo de comer?"

-"Ya se lo estoy preparando yo"

-"No tengo ni pizca de hambre"

Si las mañanas y las noches veraniegas cordobesas son calurosas, las siestas pueden llegar a ser desesperantes. No hay alivio para estas horas. Las puertas y ventanas deben permanecer cerradas a cal y canto y las persianas lo más bajas posible, para impedir que la luz abrasadora penetre en la vivienda. El mejor remedio puede ser, si acaso, no moverse, quedarse casi estático, sin realizar esfuerzo alguno, dejando que el sudor se vaya lentamente evaporando, y beber abundante agua fresca. Desde la hora del almuerzo hasta las ocho de la tarde la ciudad más que dormida parece muerta, desierta, abandonada.



Cabe imaginar aquella siesta para Conchi, con un vientre de un más que considerable diámetro, un sofocante calor y aquel insoportable dolor. De vez en cuando entraba en la casa su cuñada Mercedes, la hermana pequeña de Alfonso que vivía con su padre en la misma casa de vecinos, para preocuparse por su situación. Para olvidarse de su ansiedad, Conchi decidió limpiar el piso de punta a punta ante la desesperación de su esposo, que casi le rogaba que se estuviera quieta.

Alguien llamó a la puerta, y Alfonso fue a abrirla. Eran Aurora y los niños, que venían de vuelta. Al verla limpiar esta exclamó;

- "¿Pero, qué haces?"

- "Por favor, Aurora" -le sollozó- "Llévame a residencia. Ya no puedo más"

-"Si es que no se está quieta" -le explicó Alfonso- "Ya no sé qué hacer para que se vaya a la cama"

-"¿Qué tienes en las piernas?" -le preguntó Aurora, retirándole con las manos la falda. Un hilo de líquido rosáceo le recorría el interior del muslo hasta la rodilla.

-"¡Por Dios!" -exclamó Aurora- "¡Si has roto aguas!"

Alfonso dio un brinco y se movilizó de inmediato. Ordenó a su hermana que se quedara a cargo de los niños y fue a llamar con urgencia un taxi. Mientras se vestían, Aurora murmuraba una oración entre dientes. El taxi no tardó en llegar.



-"¿Qué hora es?" -preguntó Conchi.

-"Las nueve y cuarto. Este niño ya tenía que haber nacido hace horas" -sentenció Aurora quitándole el sudor de la frente a su hermana.

A duras penas lograron meterla en el taxi, un mil quinientos de volante enorme y gran capacidad. Los niños miraban desde el portal de la casa, bajo la cruz del dintel, y les decían adios.

-"¿De parto?" -inquirió el taxista.

Nadie le respondió, pues el grito de la parturienta acalló cualquier comentario.



Las centenarias piedras de la Puerta del Puente fueron testigo de un nuevo alarido de Conchi. Mientras se retorcía, alargó su mirada confusa hasta el petril del Puente Romano, donde encontró el primer Triunfo de San Rafael  que Córdoba tuvo, e imaginó una plegaria.



-"Esta mujer me va a parir en el coche"

-"Pues dese prisa"



Desde detrás de las murallas del Alcázar Viejo asomaban las palmeras como intentando saber qué estaba ocurriendo, mientras el taxista sorteaba "seiscientos" de todos los colores, pareciendo que había tantos como su nombre indica. En la Puerta de Gallegos un grupete de jornaleros esperaba la llegada del coche de línea para regresar a sus pueblos, y en los Jardines del Duque de Rivas, algún que otro pordiosero buscaba refugio entre los naranjos y la pérgola...



...Por fin la ancha y larguísima Avenida de Medina Azahara se quedó atrás, y al subir por el pequeño viaducto sobre las vías del tre, el piso de adoquín se hizo más irregular.

En el hospital, las enfermeras, al ver las manchas de líquido en las piernas, olvidaron toda burocracia y la llevaron con urgencia hasta el paritorio. Sobre la misma camilla en que era transportada, el doctor ordenó realizar el parto, pues no había tiempo para nada más. En algún reloj escondido dieron las diez de la noche, y aún había luz.

Las enfermeras y matronas revoloteaban a su alrededor ocupadas con sus cosas mientras una vocecita le pedía que empujara con fuerza. Los espasmos de dolor eran ya insoportables y los sudores empapaban su espalda. Alguien le agarró la mano con fuerza para pedirle un último esfuerzo.

-"¡Venga Conchi, ya está aquí!"

-"¡Ya lo tengo!"

Aquel último esfuerzo la dejó exhausta. Se sintió vacía y escuchó cómo cortaban el cordón umbilical a la criatura, pero no se oían los llantos típicos del recién nacido. Preocupada, levantó la cabeza para observar lo que ocurría, y vio cómo cogían al niño por los pies y comenzaban a palmearle para que diera muestras de vida. Uno, dos tres,... cuatro, cinco,... Por fin, un estridente alarido invadió aquella habitación ante la expectación de los presentes. Conchi, dolorida y cansada, reclinó de nuevo la cabeza y cerró los ojos. Todo había pasado. Eran las diez y diez de la noche del día 21 de julio de 1966.

-"Aquí tienes a tu machote" -alguien proclamó. Ella abrió los ojos y le miró.

-"¿Por qué está tan amoratado?" -preguntó.

-"Lo has tenido mucho tiempo en el vientre, pero gracias a Dios todo ha ido bien"

Después de lavarla y prepararla, una enfermera le dio una especie de escapulario con el número 17 escrito en él.

-"Toma, cuélgate esto" -le pidió, mientras hacía lo mismo con el bebé, colgando en un dedito del pie otro pequeño con el mismo número.

Una extraña muestra de sensaciones buenas y malas invadieron las entrañas de Conchi, rellenando el hueco que había dejado vacío el pequeño José Manuel.

Córdoba, 4 de agosto de 1997.

P.D. He querido recuperar un antiguo escrito que hice en la fecha que aquí se ve, hecho con boli Bic y en un cuaderno cuadriculado que aún guardo con una pegatina en su portada que dice: "Sensaciones 1". Se ve que pretendía llenarlo y abrir otro con la pegatina "Sensaciones 2". Quiero pedir perdón por varias cosas: por publicar algo que se refiere a mi persona; por la baja calidad literaria del relato, que la Academia me perdone la vida; por lo largo que se hace, espeso y "pesao"; y porque las fotos, salvo una, no están hechas por mi. Pero como hoy es mi cumpleaños, he querido, más que homenajearme a mi mismo, hacerlo con quienes la vida me dieron, pues vivieron tiempos... más que duros, difíciles. Dejémoslo así, ¿para qué meter más el dedo?

Así que ahora, que son las diez y diez de la noche, mando al mundo cibernético mi mensaje más cariñoso para decir: Gracias, Papá y Mamá, por darme la vida. Os deseo mi más felíz cumpleaños. Un beso.



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