viernes, 15 de julio de 2011

Mi calle... Mucho Trigo... I

"Mucho Trigo y Poco Pan", solía decir mi padre con sorna a los churumbeles que ocupábamos su casa, entre risas, sonrisas e incluso carcajadas por la respuesta a la pregunta de por qué se llamaba así la calle donde vivíamos. Supongo que mi padre se sentiría como me siento yo aún cuando por cualquier chorrada medio acertada por mi declamada, mis hijos, entre burla y diversión, sacan de sí ese sonido de la risa o esa expresión divertida que desde un crío se hace tan intensa y que a un padre le llena tanto observarla en sus descendientes, por ser parte de su felicidad, y por lo tanto, parte del cumplimiento de sus obligaciones como tal. Cursiladas que a los hombres no nos está permitido contar, pero que la llevamos dentro.

Don_Teodomiro_Ramírez_de_Arellano_y_Gutiérrez_de_Salamanca, autor de su obra más cordobesa, "Paseos por Córdoba, o sean Apuntes para su Historia", y que cualquier buen cordobés interesado por su ciudad debería leer, no hace demasiadas referencias a esta calle de Mucho Trigo, sita en la collación de los Santos Nicolás y Eulogio de la Ajerquía, perteneciente a dicha parroquia, hoy desaparecida o reconvertida en dormitorio de vehículos de tracción mecánica, y que por su desaparición se añadió a la de San Pedro, basílica del martirologio cordobés, catedral por merecimiento y por lógica, y no la ilógica que hoy disponemos. Pero bueno, que me enrollo como una persiana y saco las raíces del tiesto.

Como quería decir, Don Teodomiro solo comenta, hablando de las Cinco Calles, que "Salimos á una pequeña plazuela justamente conocida desde muy antiguo por las Cinco calles, por afluir á dicho punto la ya nombrada de Consolacion y las de Muchotrigo y Lineros, de este barrio, y las de D.Rodrigo y Baño del de San Pedro. Muchotrigo es un apellido que por lo estraño han creído muchos ser apodo, infiriéndose que así se llamaría alguno de sus mas notables vecinos: tiene dos callejas, la mas larga titulada del Posadero, por uno que tenía muchas de colmenas en la sierra, y la otra corta, cuyo nombre particular no hemos logrado conocer". Y sigue hablando de uno de sus edificios, que luego recuperaré.

Esta calle, mi calle, la disfruté en los primeros años de mi vida. Nací en la Noreña, en un verano caluroso, y no en la casa propiamente dicha, como no demasiados años atrás ocurría. Pero pronto me trajeron a esta calle ribereña, al número 24, y a los ocho días de nacer ya estaba bautizado en San Pedro, para que no fuera morito, según la tradición decía. Y fui creciendo en ella, con sus sonidos y sus olores, que es lo primero que un bebé percibe, y luego con su luz y su tacto, y su vida.

El tiempo transcurría, y uno más vino a la familia, a desvirtuar las noches olorosas y a convertirlas en llantos desconsolados, y al poco, otro más, con cuna que se movía por la mano incansable e inalterable, esa misma que calentaba la plancha en la hornilla de fuego y que al soltarla sobre la ropa desprendía un aroma entre chamusca y jabón del Lagarto. Mis pies se hacían grandes y nuevos calzados los cubrían, pero la luz de Mucho Trigo "Poco Pan" seguía siendo la misma, y olía siempre igual, y la gente que pasaba era la misma, con menos pelo, pero la misma. Y aquel farol alumbraba tan poco como siempre, desde mi ventana de mi cuarto, compartida con mis hermanos.

Era un universo perfecto hecho a la medida de quien lo supiera disfrutar. Y yo lo hice. Tanto que se me quedó para siempre en mi memoria. Aquellos primeros siete años de mi vida no los recuerdo como los más felices, ni como los más tristes, ni como los más intensos, ni como los más... nada. Allí, simplemente, mordí mi ciudad, el pulso de mi vida, de mi familia, de mis vecinos, de mi mundo, y aquí dentro quedaron, para bien o para mal, para siempre.

Crecí mascando la humedad del Quivir, anhelando aquella Sierra distante, sintiendo el calor de las losas deformes y los guijarros de la calle, deslumbrándome con el reflejo de las paredes encaladas, escuchando los grillos y las chicharras de los árboles de la carretera de la Ribera, que luego talaron para convertirla en autopista de número cuatro.

Y crecí, sí, crecí, y me hice mayor... ¿mayor?... cumplí tres, cuatro, cinco, seis años, e incluso siete, y de repente me ví jugando a la pelota en un descampado cercano al río, donde había un bar con un dibujo en sus paredes de una mujer de ojos redondos y negros abrazada a una guitarra, y que decían los mayores que era de Julio Romero de Torres.















Hoy en día, ese descampado no tiene ya la muchacha de los ojos negros con la guitarra, y lo ocupa una vivienda nueva y un solar, pero para mí lo más importante era que en esa plaza estaba la casa donde vivía el peluquero que nos pelaba a toda la familia de un tirón, y al que había que llamar para que viniera. Tenía peluca, fue portero del Córdoba C.F. y se llamaba, ¿cómo no? Lucas.
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