domingo, 17 de julio de 2011

Mi calle... Mucho Trigo... II

Entrando a la calle de Mucho Trigo desde la Ribera, como ya comenté en la entrada anterior, había un descampado terrizo que nos servía para patear una pelota de vez en cuando. En el bar que hacía esquina, hoy ya desaparecido, se podía ver de vez en cuando a Manolín Cuesta, ese extremo derecha que fuera jugador del Córdoba CF, del Espanyol, e incluso de la Selección Española, pequeñito e insistente, y que se alzaba como un saltamontes en el área rival para, girando el cuello, meter goles memorables de cabeza. Y claro, nosotros queríamos ser Manolín Cuesta y, aunque en altura no nos llevábamos tanto, en habilidad y destreza había un mundo entre nosotros. Aún así, lo intentábamos, siempre que no acabara saliendo aquella señora vestida de negro, refunfuñando no se qué de la hora de la siesta. Como si la siesta existiera para nosotros.

Lo primero que recuerdo de la calle al entrar era la tienda de ultramarinos que había a la izquierda, a donde me mandaba mi madre a comprar un cuarto kilo de chopped cuando se acababa el que nos traía mi padre del economato de la fábrica. Un poco más adelante, a la derecha, en el mismo sentido de entrada a la calle de Valderrama, estaba la casa de Cristobalina, una anciana pequeñita y chillona, con el pelo blanco desbaratado, encantadora y simpática, siempre con una sonrisa en su cara. Esa sonrisa se fue un día en que a su nieta tuvieron que llevarla al hospital porque había bebido lejía. Mi madre aprovechó la circunstancia para aleccionarnos de las cosas que no había que hacer, como por ejemplo, beber lejía, porque era malo para el estómago y acababas vomitando y haciendo caca blanda. Y yo, por supuesto, aprendí la lección y nunca bebí lejía, por si acaso.

Por cierto que desde este punto, la calle de Valderrama se mostraba como un largo tubo blanco, umbrío y enigmático con vaivenes en el suelo. Esa sensación la daba, sobre todo, la parilla del convento de la Santa Cruz, sin vanos, encalada y con desconchones cada dos metros y humedades verdosas en las zonas más cercanas al suelo.

Pero al girar a la izquierda, aparecía mi calle.


Una avenida eennnorrrmeee que por cualquier motivo alguien decidió empequeñecerla, y ahora no es la que era. Ese mismo que decidió hacer la calle más estrecha (porque, era más ancha antes, ¿verdad?) también se propuso cambiar los guijarros y las losas que tenía. Las ¿aceras? tenían losas de tonalidades distintas, de piedra lisa erosionada por el paso del tiempo, la lluvia y el tránsito de personas, deformadas (las piedras) de forma que después de llover se formaban charquitos individuales dentro de ellas. Los guijarros centrales, o sea, la calzada para los vehículos, eran guijarros incómodos, grandes algunos como el huevo de Colón, y un obstáculo contínuo para el rodar del cochecito de bebé de mi madre, o más bien, de mi hermano. Ahora es más suave y contínua. Más cursi, si se me permite.

Al poco, a la izquierda, estaba la "Bodeguilla", a donde me mandaba mi madre a por una cuartilla de vino para la comida (hay que ver mi madre, lo que me mandaba,...) Y había que explicitar eso mismo: "... para la comida", porque no vaya a pensar la gente que, estando mi padre en la fábrica, el vino iba a ser para que se lo bebiera mi madre. Ella como siempre: pensando en el "qué pensarán los vecinos", y más viniendo de donde venía ella: de Montilla.



Yo aprovechaba para pedirle un dinerillo extra y comprarme un par de cosillas en la "Bodeguilla", porque era bodeguilla y mucho más. Así que me compraba la cinta esta que había en la que en la punta tenía una bolsita con tierra y una cuerda y la tirabas hacia arriba haciendo formas, o el paracaidista que lo tirábamos desde el balcón de mi amigo Juan Luis, que vivía en la planta de arriba. Y nos pasábamos la tarde sube que te baja, con el dichoso paracaidista.

A la derecha, frente a la "Bodeguilla" vivía uno de mis amigos, y del que no me acuerdo su nombre (¡vaya mierda de amigo sería yo para no acordarme de su nombre!) Sí recuerdo que era muy moreno, y de pelo negro, y muy despabilado. Un día hicieron obra en su casa y soltaron un montón de arena en su puerta que fue la delicia de todos los niños de la calle, porque hicimos en esa arena caminos con coches, plantamos hierbas y la convertimos en una montaña divertida.

Y subiendo el repechito, que para un niño era la cuesta del catorce porciento, aparecía mi casa.


La primera ventana era el dormitorio de mis padres, y de las cunas pertinentes, el siguiente el salón, con la cocina hacia el patio, la siguiente el dormitorio de los niños, con armario empotrado incluido, y la última ventana, el baño, que entonces no tenía ventana hacia el exterior (se ve que la han cambiado), sino una pequeñita y alta hacia adentro del portal. Por cierto que mi madre siempre se jactaba (y aún lo hace) de que éramos los únicos de la casa de vecinos que teníamos baño particular. ¡Cómo han cambiado las cosas!

Por aquel tiempo, yo mamé de lo que nos ofrecían. La UHF prácticamente no se veía, y en la VHF veíamos la serie de aquel delfín (¿era Flip?) que no recuerdo su nombre y, sobre todo, las corridas de Manuel Benítez "El Cordobés", que nos juntaba a todos los vecinos en una sola casa para ver la corrida.

Y yo quise ser El Cordobés.

Pocos, con siete años, hacían el "Salto de la Rana" como lo hacía yo. Y cuanto más público tuviera más me gustaba hacerlo. Lo malo era que lo solía hacer en el portal de mi casa, y como no había toro, lo hacía con todo aquel que pasara por allí. Y eso no todo el mundo lo entiende, lo acepta o lo comparte. Me convertí en un niño conflictivo cuando empecé a torear a quien no debía hacerlo, y mi madre sufrió las consecuencias.

Pero, qué bonito era torear a todo el que pasaba por aquí...


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