sábado, 2 de agosto de 2014

Los olivos de la paz. Palestina libre.

Mi pequeño olivo es palestino, y sabe resistir.
Lea este enlace antes de continuar, por favor: Centenario olivo mediterráneo cordobés con Palestina

Mi pequeño olivo es palestino, y sabe resistir. Solo tiene poco más de dos años, que no son pocos para ser palestino, pero ha aprendido a resistir. Allí arriba, en la azotea de mi casa... (¡ay!, ¡una casa en pie, sin bombardear!)... donde no se ven caer bombas, mi pequeño olivo siente nostalgia del Mediterráneo, no tan lejano, pero respira aires sureños que le hacen feliz, sentirse seguro, no como otros olivos allá en el infierno sionista.

Mi olivo palestino es feliz, no como otros olivos.
Mi pequeño olivo es palestino, y así lo siente.

Y cuando subo a la azotea para regar su tierra, junto con las demás plantas y árboles, él se estira, con sus dos años de vida, me ofrece su hermosa porte y, con cara de merecido enfado, me pregunta: "¿Cuántos hoy?"

Yo, odiando ese momento, le cuento:

"No, amigo, hoy no han sido más de dos", aún sabiendo que es mentira...

Ni uno solo debería estar aquí.
Mi olivo palestino es pequeño, un niño, como aquellos que han perdido su vida a manos de los sionistas israelíes, como los miles que han perdido a sus familiares sin saber por qué, como los miles que han perdido su casa, su escuela, su templo o su parque, como los miles que guardan en su interior imágenes y momentos para el odio más profundo y que no les dejará dormir por las noches nunca más: rostros inexpresivos, cuerpos destrozados, pieles demacradas, sangre sobre color carne, olores a podrido, zumbidos de misiles, tacto de metralla... muerte, destrucción, odio, miedo, asco... incomprensión...

Mi olivo y mi cheflera conversando.
Mi joven olivo y mi cheflera conversan cada día desde el amanecer... hasta el amanecer, porque ellos no tienen prisa. Se suelen poner "de hojita perejil" el uno a la otra y viceversa, pero no pueden pasar el uno sin la otra y viceversa, así que convienen que lo que más les satisface es compartir tierra, agua, sol y cariño.

Hay que buscar la paz y la conversación desde el amanecer hasta el amanecer; ponerse el uno al otro de "hojita perejil", porque toca... pero sin tocar; sacarse la lengua, y ya está.

Recuperar la cordura.

Es tanto lo que ha de cambiar, que todo se adivina imposible, pero ¡no lo es!. Tanto odio acumulado, tantas injusticias, tanto de qué hablar y con qué negociar, tantos reproches, tanto sufrimiento, tanto dolor, tanta prepotencia, tanta desidia, tanta incomprensión... Pero NO es imposible, y el esfuerzo merece la pena.

El ejército del gobierno fascista-sionista de Israel debe retirarse inmediatamente de los territorios ocupados ilegalmente, así como deshacer la colonización promovida durante tantos años, y recuperar los límites establecidos en los acuerdos de 1967, que no fueron poco, teniendo en cuenta que la creación del estado israelí en el 48 se hizo sin escuchar la opinión de quienes entonces allí vivían. Si el noble pueblo hebreo no es capaz de quitarse de encima YA esta correlación de su raza y religión con este tumor nacionalista llamado sionismo, ávido de tierras, que marca sus fronteras entre el Éufrates y el Nilo, como su bandera, será tan culpable como su fascista gobierno, y acabará devorado por él mismo; injustamente, pero devorado.

Sión: arriba el Éufrates, abajo el Nilo, en el centro Jerusalem

Sión: arriba el Éufrates, abajo el Nilo, la estrella Jerusalem

Los palestinos, sabedores de que tienen derecho a defender sus tierras, después de 60 años deberían tener en cuenta que ya ha llegado la hora de analizar la situación y de pensar si merece o no la pena el sufrimiento de sus habitantes. Todos nos emocionamos con el sufrir de los niños, pero nadie se para a pensar en los mayores, esos que tienen necesidad de otra persona para moverse o para comer, y que, además, vivieron en primera persona la injusticia.

Seguramente estarán hartos de todo.

¿Acaso no merecen ellos también la pena el esfuerzo?

A partir de esta premisa esencial, se podrán barajar fórmulas de convivencia y de paz para todos sus habitantes, ya sea la existencia de dos estados o la de uno solo que concentre la enorme diversidad étnica, religiosa, política y social. Porque la convivencia de esa pluralidad no es solo posible, sino necesaria para el resto del mundo, como un ejemplo a seguir.

Para ello hará falta que ningún otro estado exterior influya de ninguna manera en las decisiones y en su gobierno; que los recursos naturales solo redunden en la mejora de la calidad de vida de sus habitantes; que las religiones y tendencias filosóficas se aparten de la gestión general y se ofrezcan como alternativa personal y privada y, en cualquier caso, pacifista e inocua; que los símbolos nacionalistas del nuevo estado común, o de ambos estados, tengan la discreción y humildad necesarias, y no supongan exaltaciones prepotentes que alteren la convivencia.

¡Tan simple!

¡Tan difícil!

Todo antes de la muerte de más seres humanos. Merece la pena.

Déjenme creer que ocurrirá, y que todos los olivos palestinos habrán crecido libres, y serán considerados los olivos de la paz. Déjenme ser utópico y disfrutar de la sonrisa de aquella niña hebrea a quien le falta por su edad una paleta en su dentadura, abrazada al cuello de ese chiquillo palestino que, a duras penas, se mantiene en pie, después de tantas desgracias vividas en su natal Gaza... Serán felices juntos... ¿verdad que sí lo serán?... ¿verdad que sí?... ¿verdad?...

Mi olivo de la paz palestina

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