domingo, 15 de abril de 2012

Zamora, el románico más puro

Plaza Mayor, con el nuevo Ayuntamiento al fondo y en primer plano la Iglesia de San Juan
Rodeada de grandes ciudades monumentales como Salamanca, Ávila, Segovia o León, Zamora parece encontrarse acorralada entre ellas y la frontera portuguesa, y aferrada desde su colina a su río, el Duero, que se amansa al paso por la capital, como si este quisiera ser partícipe de la discreción que muestran los habitantes de este pequeño rincón del mundo. Porque lo que más sobresale del ambiente frío de esta ciudad castellana es la discreción y lo adusto de sus lugareños, que, sin llegar a ser indolentes en actitud, o repelentes en comportamiento, desabridos como diríamos acentuadamente en Andalucía, más al contrario se muestran amables en todo momento pero sin la pasión o teatralidad a la que estamos acostumbrados en el sur de Europa.

Aunque las calles zamoranas conservan el trazado medieval de las ciudades históricas, y las plazuelas que se abren en ellas tienen un claro carácter renacentista, su caserío no posee ninguna peculiaridad especial, ya sea estética o histórica. Las casas de Zamora son, salvo honrosas excepciones, del montón; simples moradas semi-nuevas que no guardan correlación con el entorno, ni mantienen uniformidad alguna o cualquier intento de aportación estética especial o autóctona. Supongo que habrá que culpar en gran parte de ello al letargo que la ciudad soporta con la llegada de la Edad Moderna, y que traslada los centros de poder y económicos españoles a lugares más distantes como Toledo o Sevilla, u otros no tanto como Salamanca, ciudad esta que se convierte en el siglo XV en un indiscutible imán cultural y económico, que absorbe los recursos humanos, económicos y sociales del reino castellano-leonés. No se puede culpar a los zamoranos de no haber mantenido una autenticidad en sus casas y calles, cuando sus recursos se vieron mermados en un momento tan importante de la Historia Universal.

Pero, como dice el refrán: "no hay mal que por bien no venga", y si Zamora no pudo desarrollarse como hubiera querido en los tiempos del Humanismo más auténtico, ni supo recibir las nuevas tendencias artísticas para su comunidad, ese mal fue el germen para convertir hoy a esta ciudad como la ineludible cita de quien quiera conocer y estudiar el más puro estilo románico castellano que existe en la península, donde se encuentran los más y mejores ejemplos de esta estética medieval, que en Zamora se hace casi rutinaria, afortunadamente, por la cantidad y la calidad de los ejemplos que en ella se encuentran.

Zamora es el Museo Vivo del Arte Románico, con mayúsculas.

Las características del arte románico, surgido entre los siglos XI y XII, son; básicamente edificios religiosos, con muros gruesos, escasos estos en vanos al exterior, para invitar al recogimiento y la oración, y poca altura en las naves que suelen ser basilicales (influencia romana) o de cruz latina, el uso de arcos de medio punto y abocinados, bóvedas de cañón o de arista, pilares cruciformes y capiteles con elementos vegetales o geométricos. En algunos casos, las ventanas se convierten en troneras, que dan aspecto de fortaleza a la construcción habitualmente religiosa.

El río Duero fue frontera entre los variados reinos, ducados, marquesados y condados cristianos y el sur andalusí. El rey Alfonso III de Asturias la rodeó de unas impresionantes murallas, parte de las cuales aún se pueden ver hoy. Montado sobre ellas, la visión del río, con su puente de piedra (lamentablemente hoy cochista y no peatonal) es hermosa. Imaginemos: a la izquierda los cristianos y a la derecha los moros (y todos ellos humanos)

Puente de Piedra (S. XII) sobre las mansas aguas del río Duero
¿Qué se dirían unos a otros a voces desde ambas orillas? De todo menos bonito, seguro. Menos mal que la naturaleza, siempre sabia, los separaba con el sonido siempre relajante del agua corriendo y los patos flotando.

Ineludiblemente, a Zamora hay que empezar a verla desde su "Peña Tajada", donde se clavan el castillo y la Catedral, al suroeste del casco viejo. Desde la Plaza de la Catedral, sorprendentemente amplia entre tanta callejuela, se observan los diferentes estilos artísticos de la misma: el románico del cimborrio y de la torre, y el renacimiento tardío de la portada principal. Llama también la atención el arco que lleva al castillo.



La Catedral de Zamora es considerada la más antigua y la más pequeña de Castilla y León
Atravesando ese arco, unos jardines bien cuidados nos dan la bienvenida a la explanada de la entrada principal al castillo de la ciudad.


Explanada de entrada al castillo-alcázar

El castillo, que fue alcázar andalusí, está rodeado de un foso y su estado interior, ruinoso, está en proceso de restauración.


Puerta de entrada al castillo-alcázar

Desde aquí parte la principal vía que atraviesa el casco viejo de Zamora, y en la que se van abriendo plazuelas renacentistas con algunos edificios dignos de ser visitados por su antigüedad. Desde la Rúa de los Notarios, por la de los Francos, Ramos Carrión, Renova, San Torcuato o Santa Clara, hasta la salida a Plaza de Alemania o de La Farola, se encuentran plazas como la de Viriato, Mayor, Sagasta, Zorrilla, Constitución o de Castilla y León.

La Iglesia de San Isidoro está en la calle de su mismo nombre, cercana al castillo. Se masca el románico.


Iglesia de San Isidoro
No lejos de allí, la Iglesia de Santa María La Nueva, actualmente en restauración, exhibe prepotente su impresionante ábside románico.


Santa María La Nueva

Románico, románico y románico. No dejas de decirlo una y otra vez.

¿Y la torre de la Iglesia de San Vicente? ¿No es acaso esa imagen que uno tiene de lo que debe ser una construcción modelo de este estilo arquitectónico? Lástima de construcciones que la rodean.


Torre de la iglesia de San Vicente
Parte de la Plaza Mayor la ocupa la Iglesia de San Juan, con algún acento gótico en su portada.

Iglesia de San Juan

Y no lejos de allí (Zamora es pequeña), está la de San Antolín, con espadaña barroca.

San Antolín

En la Plaza de Viriato, llamada así por la estatua de Eduardo Barrón que allí se alza, los plátanos hispánicos ocupan el centro de la plaza, y sus ramas quemadas en su parte posterior por las heladas, dan la impresión de estar nevados sin estarlo, aunque supongo que no es raro que algún día sí que lo estén, debido a la temperatura fría de la ciudad. En esta plaza también está el antiguo Hospital de la Encarnación (siglo XVII) hoy Diputación, y el Palacio de los Conde de Alba y Aliste (siglo XV) hoy Parador Nacional.


Plaza de Viriato, monumento a Viriato (Eduardo Barrón) y Parador Nacional.

La mejor representación gótica de la ciudad está en el denominado Palacio de los Momos, de finales del siglo XV. Una fachada digna de ver, con variados elementos decorativos y una composición hermosa.

Palacio de los Momos, gótico tardío.

Por abrumadora mayoría absoluta, los ocho que andurreábamos las calles de la ciudad castellana decidimos ir mejor al Museo Provincial de Zamora antes que al Museo de la Semana Santa, y francamente que no nos arrepentimos. Es un coqueto museo que abarca desde el Paleolítico hasta la Edad Moderna, muy bien organizado, muy completo, muy bien expuesto y explicado, bien atendido y de agradable visita.


Ha sido grato encontrarme en la sala dedicada a la época romana con una sorpresa que no esperaba: se trata de la escultura de Eduardo Barrón: Nerón y Séneca, que estuvo expuesta durante años en el Ayuntamiento de Córdoba, y que antes de devolverla al Museo del Prado se hizo copia en bronce, y actualmente luce en la capital cordobesa, en los Llanos del Pretorio.


Nerón y Séneca (Eduardo Barrón)

También mantiene este museo el boceto que sirvió de modelo al artista zamorano para realizar su obra.


Boceto de Nerón y Séneca (Eduardo Barrón)

Zamora es una ciudad pequeña, pero en época de Semana Santa se multiplica su población, a costa de los turistas, que encuentran en su celebración pasional religiosa un aliciente y divertimento especial. Este motivo ha hecho que los restaurantes, evidentemente no demasiados por el tamaño de la ciudad, estuvieran todos a tope a la hora de la comida, y sus mesas reservadas, así que nos hemos quedado con las ganas de degustar su gastronomía. Hay muchos lugares para tapear en las calles, pero cuando se va con niños no es lo más apropiado. No podemos reprochar a los zamoranos que no tengan suficientes centros hosteleros para repostar, pues no les vamos a exigir que estén 358 días del año cerrados hasta que llega la Semana Santa. Faltaría más. Comimos, que fue suficiente, y además nos llevamos un queso de la tierra, alto en colesterol, como bien me indicó una persona allegada que era, y con esto nos conformamos.

Y no nos fuimos, ni mucho menos, con mal sabor de boca. Más al contrario, esta ciudad histórica, decadente, pero viva, nos ha satisfecho tanto que prometemos volver. Eso sí, no en Semana Santa.

Al regresar a zona "mora" atravesando el amable río Duero por el Puente de Piedra, desde la Peña Tajada se alza orgullosa la torre catedralicia pareciendo escondida tras las imponentes murallas, y vigilando los molinos, que, como en Córdoba, se incrustan en la lámina de agua verdosa de la orilla.


Colina de la Peña Tajada, con la torre de la Catedral y los molinos del río (a la izquierda de la foto)

Zamora, la bien cercada, nos quedó atrás con su discreción y su letargo. Hasta pronto.

P.D. Creo que hubo procesiones.
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