domingo, 3 de noviembre de 2013

Aquel primer amor que nunca se olvida

Llanete de la Cruz (montilladigital.com)

Una vez lleno de agua el cántaro de dos arrobas en la Fuente de San Blas, el llanete de la Cruz era "algo más" que un llano; una pendiente que subía hacia el Llano Palacio, ese lugar adonde asomaban las bodegas de Tomás García y la Casa del Señor de Aguilar, con aquel arco que llevaba a la placita en la que estaba la puerta de las monjas de Santa Clara, inundada de aromas de tortitas hechas con manteca y azúcar pero, sobre todo, con mucho cariño. Ese cariño ya se sentía en el compás del convento, con su correspondiente silencio y su relajante arquitectura, mística y al mismo tiempo mundana. Su patio empedrado era, y es, un fresco lugar donde los niños saltaban de poyo en poyo, de escalinata en escalinata, observando de soslayo la portada goticista que ese arquitecto de la capital quiso poner allí como fondo teatral al más hermoso sonido de la música: la risa de los chiquillos.

Patio de Santa Clara
Pero Conchi ya solo iba allí cuando su padre la llevaba a los Maitines cada año por Pascua. Su madre murió hacía ya un par de ellos en el Hospital de Agudos de Córdoba, desgarrada por el agua de aquel vaso que alguien puso a su alcance en la mesita cercana, después de una operación de hernia, y que abrió sus entrañas hasta desgarrarla.

Hospital de Agudos (Córdoba)
Con el cántaro en la cintura, Conchi pudo subir la cuesta y llegar hasta el Paseo de Cervantes, donde una chiquillería rompía el silencio con sus juegos. Estaban montando la feria del Santo, y los operarios se gritaban unos a otros dándose órdenes y coordinándose en los trabajos. Ella miró durante unos minutos cómo los obreros colocaban la estructura de la atracción que más le gustaba a ella: los voladores. Las vigas se ensamblaban entre sí mientras la base de madera iba siendo cuidadosamente colocada a base de puntillas y martillo. Los sonidos retumbaban en la fachada del palacio renacentista del fondo de la plaza.

Frente a aquel palacio, haciendo esquina, Conchi observó por unos instantes las ventanas de la que fuera su casa, y que era parte de la bodega de vinos de Tomás García. Recordó momentos de infancia temprana y una sonrisa apareció en su rostro. Su madre estaba en esos recuerdos. Sin embargo, el cántaro seguía pesando igual, tanto que le hizo cambiar el lugar de apoyo en su cintura, de la izquierda a la derecha.

Palacio del Señor de Aguilar a la izquierda y la casa de Conchi enfrente, haciendo esquina.
El Paseo de Cervantes era un hervidero de chiquillos jugando y chillando y obreros montando casetas y atracciones. Frente a él, la campiña se mostraba como un mar de viñas y de olivos, con lomas infinitas bendecidas por la imagen de Jesús Nazareno en Semana Santa desde este mismo lugar.

Paseo de Cervantes
Aquella estampa se detuvo de repente.

Desde un banco de piedra cercano a la escalinata de acceso sureste del parque, un muchacho delgado y moreno lanzaba destellos de humildad y tristeza por sus profundos ojos negros cubiertos por grandes pestañas que parpadeaban con pereza. Conchi, casi sin quererlo, se acercó a él, y al verla llegar, aquel chiquillo pestañeó más despacio que nunca, como los abanicos en primavera. La profundidad de sus ojos dejó a Conchi paralizada.

- Hola. -El niño rompió el hielo.

A Conchi le costó hablar. Se lo pensó, miró a un lado y a otro, como buscando ayuda.

- ¿Cómo te llamas? -preguntó casi sin creérselo ella misma.

- Me llamo José Carlos, pero todos me llaman Carlitos.

- ¿Tienes sed?

Carlitos movió la cabeza casi de forma infantil. Ya debía tener unos doce o trece años, pero parecía menor.

- ¿Quieres agua?

Carlitos volvió a mover la cabeza de arriba a abajo como un niño pequeño, mientras su sonrisa y su mirada se clavaban en la mente de Conchi, quien, sin pensárselo dos veces, le ofreció el agua del cántaro. Carlitos bebió dando tres profundos tragos y luego se secó la boca con la manga de la camisa, satisfecho.

- ¿Y tú?

- Conchi, vivo ahí arriba, en San Sebastián.

El niño se encogió de hombros.

- ¿No eres de aquí?

- No. Trabajo en el circo.

Un niño se cayó allá pegado al cine Cervantes y empezó a llorar desconsoladamente. Carlitos y Conchi se miraron y sonrieron.

- ¿Por qué vas tú a por el agua a la fuente?

- Mi madre murió hace dos años, y ahora es mi hermana Paca la que lleva la casa. Ella es la que ordena todo y la que hace la comida, y la que va a comprar, y la que dice lo que tenemos que hacer...

- Mi madre también murió.

Silencio....

Paseo de Cervantes
Más silencio...

Los ojos del muchacho se dirigen hacia una carpa que montan junto a las escaleras.

- ¿Qué es eso?

- La Caseta de los señoritos.

Alguien discute con otro por cómo debe ponerse el toldo, y Conchi y Carlitos se miran y se encogen de hombros. ¿De qué hablan? Se preguntan.

Conchi agarra de la mano a Carlitos y se lo lleva a las escaleras, donde sus amigas juegan a saltar desde lo más alto de ellas. Los cántaros se acumulan en el rellano, y la competición comienza. Hay que saltar desde dos, desde tres, desde cuatro escalones. Conchi lo hace desde seis, cae al rellano con gracia y se levanta orgullosa. Carlitos ríe. Le falta un diente. Detrás de él el señorito pone pegas a la carpa que están levantando para la feria, pero él se vuelve, lo mira, y no lo entiende.

Conchi le anima a saltar.

- No puedo. Me tengo que ir. -Carlitos mira al sol y de repente se da cuenta de que es tarde. Dice adiós con vergüenza y se va.

- Adiós Conchi.

Conchi no responde, y lo ve irse con prisa. Está triste.

Se despide de sus amigas y con pena sube la cuesta de la Calle del Muladar hacia la Calle de San Sebastián, con el cántaro en su cintura. A medio camino le falta la respiración. Está pensando, se acuerda de aquellos ojos profundos, llenos de tristeza, de la sonrisa forzada, de la piel brillante de sus manos, aceitunada, las uñas claras, aquellos labios sonrosados... Se le saltan las lágrimas y se acuerda de su madre... ¡Mamá! ¡Necesito hablar contigo! ¿Dónde estás?... ¡Mamá!

Al pasar junto a la iglesia de San Sebastián, Conchi mira la escalinata y un nudo se le hace en la garganta.

Iglesia de San Sebastián
No sabe lo que le pasa, pero de repente siente que tiene necesidad de ver otra vez aquellos ojos tristes del chiquillo del circo, necesita tocar sus manos, oler su cuerpo, agarrar su cintura. Se siente herida, ausente de este mundo... ¡Mamá! ¿Dónde estás?

Al llegar a casa, su hermana Paca le estaba esperando.

- Ya mismo están aquí tu padre y tus hermanos y yo todavía no he echado el agua al puchero. Son ya las diez de la mañana y ¡tú por ahí de pingoneo! Vete ahora mismo a por el pan.

-¿Y Aurorita? ¿Por qué no va ella? Yo ya he ido a por el agua.

- La Aurori está jugando al fútbol en el Llano Palacio con tus primos. La panadería está más cerca que el Llano Palacio, así que tú verás.

Conchi apretó los puños, respiró hondo y salió al portal. De repente se detuvo a escuchar. Se sentó en la casapuerta y llevó su mirada al cielo. Estaba escuchando los pasos de su madre bajando por la Calle de la Enfermería, esos pasos decididos que retumbaban en las casas. Sí, ¡era su madre!

- ¿Qué haces ahí Conchi? -le pareció escuchar de su madre.

- La estoy esperando, madre. Reconozco sus pasos desde que sale de la panadería.

- ¿Y ese chiquillo, Conchi? ¿Quién es ese chiquillo?

- No lo sé, madre. Quiero que usted me lo diga. ¿Qué me pasa?

- Ve a San Francisco Solano y pídele por ti y por mí, y cuando pasen los años, tráete aquí a tus hijos y tus nietos, llévalos a tu casa, a tus lugares de regocijo y de trabajo, recuérdales lo que eras y lo que hiciste, lo que fuiste y lo que querías ser, lo que hacías y lo que querías hacer, tus anhelos y tus miedos. Siéntete orgullosa de ser montillana, de haber trabajado por los tuyos y haber deformado tus manos trabajando, y nunca olvides aquellos tristes ojos de grandes pestañas que en el Paseo de Cervantes, aunque solo fuera por unos minutos, te hicieron sentir mujer, para siempre.

- ¡Madre!

San Francisco Solano
El tiempo pasa, pero las cosas no se olvidan.

Conchi recuerda día a día, le preguntes o no, su infancia en Montilla: su casa en las Bodegas de Tomás García, en la Calle San Sebastián, su colegio de las franciscanas, la feria del Santo en el Llano Palacio, los arcos de la Puerta de Aguilar, los paseos en la Plaza de la Rosa, su iglesia de Santiago, la Calle de la Corredera, la panadería de Manolito Aguilar y la de Bellido...

Puerta de Aguilar (todocolection.net)
Plaza de la Rossa
Santiago
Pero Conchi no olvidará jamás aquellos ojos tristes y aquellos labios que un día bebieron de su cántaro de agua fresca de San Blas, en el Paseo de Cervantes, y que como vinieron se fueron. Ese chiquillo del circo supuso un  paréntesis en la rutina de una muchacha, que con el tiempo, fue cobijo uteriano a este que hoy les escribe, y de la que se siente más orgulloso que nunca: Mi madre.

Hoy, esta estampa, se enmarca entre goticismos y platerescos en la foto, pero nadie sabrá jamás lo que significa en sí el tenerla aún con nosotros y tener la oportunidad de hacerla feliz.

Mamá

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