martes, 1 de enero de 2013

Torreparedones Baetica

Foro del yacimiento arqueológico romano de Torreparedones
Los campos del abundante trigo que rodeaban la ciudad de Ategua, agarrados a la inmensa fertilidad del "flumen salsum", daban la sensación de permanecer adormecidos por el frío de la escarcha tempranera de la campiña de la Baetica. Amanecía, y el sol comenzaba a pintar tenebrosas sombras de olivos sobre los terrones de arcillas, descoloridos y quebrosos por la temperatura ambiente. Ianuarius era la temporada del gran frío de la Baetica, un período corto pero intenso, aunque no demasiado húmedo ni demasiado seco. Aún así, la tierra flojeaba y las patas de los caballos y las piernas de los velites se hundían en suelos emblandecidos por la humedad, dejando plastas pesadas y compactas en las suelas, haciendo más difícil el avance.

Atrás quedó el campamento al norte del Salsum, con las candelas donde los soldados intentaban calentar sus cuerpos, mientras un hilo de fumata verticaba hacia el infinito de Jano y los buitres acechaban en el cielo en busca de la debilidad de la carne, pero de esa que no soporta y se termina por abandonar.

Asedio a Ategua, Corduba  (47 a.de C.)
Julio Cesar me asignó cuatro equites perfectamente armados para protegerme como su legatus, y para buscar apoyo a su causa en las civitas y villaes que rodeaban su territorio. Muchas de ellas eran simples aldeas con poco más de una decena de habitantes, arcaicas, independientes, todas ellas montadas sobre colinas rodeadas de piedras a modo de murallas, gobernadas por una especie de reyezuelo autonombrado y que no merecía la pena visitar. Pero todas estas parecían rodear con alevosía y necesidad a una de ellas, reconocida dentro de la romanización hispánica del Imperio, como si la protegieran de cualquier mal externo. Era Bursavo, situada sobre un monte que dominaba una zona plagada de olivos.

Entorno de Torreparedones (Baena, Córdoba)
Más de cien estadios al suroeste encontramos el floreciente municipium de Bursavo, situado sobre una colina que dominaba gran parte del territorio, abrazada por una imponente muralla autóctona, mejorada por los ingenieros romanos, y que se mostraba altiva, y aún así hermosa, a nuestra vista.

Nos detuvimos, a mis órdenes, en la parte media de la colina para observar. Tanto las bestias como nosotros bebimos en la fuente de varios caños situada allí, tomamos aire y nos miramos unos a otros. Sí, esa era la ciudad a la que deberíamos ir a pedir ayuda para nuestro caudillo Julio César. El vaho de los caballos se mezclaba con el nuestro. Las puntas de los dedos de nuestras manos se escondían en nuestras palmas para evitar su congelación.

Puerta oriental de Torreparedones, desde la subida a la colina.
Afortunadamente el sol comenzaba a darnos calor, y ordené reiniciar la marcha. La cuesta se nos hizo eterna. Los caballos se quejaban mientras subían y nuestra espalda nos estiraba. A nuestra izquierda asomaban las torres de la puerta oriental de entrada a la ciudad. Llegamos a una explanada y los caballos resoplaron. Nosotros también. A la derecha, en la necrópolis, unos esclavos se afanaban por colocar la última piedra de la tumba de la familia de su amo. Con mucho tiento, lograron colocar la última piedra, y luego se felicitaron unos a otros, gritando y cantando. Habían hecho feliz a sus amos.

Tumba familiar.
Tras unos segundos observando la situación, y después de que los esclavos detuvieran su trabajo para mirarnos con extrañeza, nos dirigimos a nuestra izquierda para afrontar el repecho que subía a la puerta de la ciudad. Los caballos habían tenido tiempo para recuperar oxígeno, y nosotros sentíamos que este era el lugar idóneo para llevar a cabo la misión que nos había encomendado nuestro caudillo.

Puerta oriental de Torreparedones, desde la necrópolis.
Yo me volví para mirar a mis equites y ellos notaron mi satisfacción. Se ajustaron sus correas, recolocaron sus armaduras, se ajustaron sus grupas e hicieron un gesto de estar preparados. Uno de ellos me sonrió y cabeceó, dando a entender que estaban preparados para la teatralidad. Le devolví la sonrisa y di la orden de avanzar hacia la puerta de la ciudad.

A paso pausado y cabeza erguida subimos por el empedrado como emperadores. Se veían cabezas asomar tras las murallas para observar la comitiva y un murmullo se escuchaba desde detrás de ellas. Los guardas de la puerta tensaban sus músculos y sus lanzas parecían temblar en sus manos. De repente los cuidadores de la puerta se hicieron a un lado y las maderas crujieron al abrir la doble puerta, apareciendo una togada comitiva a pie que nos dio la bienvenida y nos invitó a seguirles. A duras penas subimos por la rampa hacia el interior de la ciudad.

Reconstrucción virtual de la Puerta Oriental de Torreparedones.

Puerta Oriental

Acceso a la Puerta Oriental
Tras haber franqueado la doble puerta, miré hacia atrás, y vi cómo la guardia las cerraba tras nuestro cortejo. No sé por qué, pero sentí alivio. Seguramente sería porque al fin, después de tantos meses entre bosques y prados, aquello era lo más parecido a mi casa en Roma.

Puerta Oriental desde dentro.
Íbamos avanzando por aquella ciudad tan lejana y al mismo tiempo tan cercana con prepotencia, aguantando nuestro cansancio y nuestra hambre. Desde las casas de los alrededores nos llegaban los olores a gachas de farro, a cocidos de legumbres, a sopas de nabos y a aceites hirviendo... ¡y los molinos machacando olivas!... Aún hoy los oigo...

Nos dirigimos por el cardo máximo directamente al foro cruzándonos con esclavos que arrastraban carretones repletos de salazones de pescado en dirección al mercado, por delante del cual pasamos.

Calzada cercana al mercado
Sus asustadizas miradas nos hacían más importantes, pero ellos quizás ni siquiera se imaginaban que fueran tan imprescindibles para aquella ciudad transportando aquellos víveres, y que nosotros los envidiábamos a ellos por siquiera recibir el olor de aquel manjar, tan lejano a nuestros olfatos últimamente. ¡Esta gente, tan sumisa! Algún día se darán cuenta de lo que realmente significan para la sociedad, siempre que comprendan que son ellos los que realmente tienen el poder, y no quienes les gobiernan. Supongo que esto ocurrirá, tarde o temprano, sea mañana o sea dentro de dos mil años... si es que los dejan.

Entre muros a ambos lados, atravesamos una puerta y entramos en el ágora de la ciudad. Conforme avanzamos nos dimos cuenta de que aquella ciudad estaba lo suficientemente romanizada como para sentirnos en casa. Yo eché un vistazo a mis caballeros, poniendo cara de "cuidado con lo que hacéis, o decís", temiendo que se dejaran llevar por las vistas y olores. Comprendieron, y siguieron con su rostro militar, como si tal, sin ninguna mueca que les delatara.

Al entrar al foro observamos la buena disposición de los edificios en la plaza de planta extrañamente cuadrangular, y no rectangular, como mandaba la norma vitrubiana. Al norte y al sur, sendos pórticos con columnas, donde asomaban estatuas de personajes relevantes tanto de la ciudad como del imperio.

Pórtico norte con columnas en el foro
La plaza estaba cubierta por grandes losas de piedra en cuyo centro corría una cenefa con la flamante inscripción en bronce y oro del evergeta que lo costeó, quedando para siempre su nombre presente.

Inscripción en el pavimento del foro
En el lado oriental se abría la basílica, austera, donde un pequeño grupo de ciudadanos se arremolinaba alrededor de un personaje que, con gesto de enfado parecía promulgar un alegato.

Perspectiva de la entrada a la basílica desde el foro
En el lado occidental estaba el templo y el acceso a la curia, en cuyas escaleras nos esperaban varios funcionarios, que nos dieron la bienvenida. El trajín de personas se detuvo para contemplar la escena.

Escalinata de acceso a la curia
Bajamos de nuestros caballos para que unos esclavos se hicieran cargo de ellos, y tras unas palabras de presentación les hice saber que traía un mensaje para la ciudad de parte del mismísimo Julio César. Se miraron entre ellos y me invitaron a pasar. Di la orden para que solo uno de los soldados que me acompañaban me siguiera, y entramos en la curia subiendo las escaleras.

Acceso a la curia y aerarium
En el atrio de entrada flanqueado por cuatro columnas, un soldado hacía guardia delante del aerarium, lugar donde, fijada al suelo por anclajes, se encontraba el arca del tesoro público del municipio.

Atrium columnado y aerarium con el agujero de los anclajes del arca del tesoro público
Una sala no demasiado amplia, pero suficiente, con suelo de mármol y asientos a ambos lados, se abrió ante nosotros. Allí la curia que esperaba sentada se levantó y nos hizo un saludo de bienvenida. Nadie pestañeaba. Tampoco nadie nos ofreció asiento.

Curia
Con ojos escrutadores y oído atento, los tribunos togados escucharon mi voz altiva, segura y militar. Con una seguridad que aún hoy me estremece al recordarme les hice saber los parabienes que supondrían para Bursavo su alianza con César y su enemistad con los Pompeyo. Desconocía yo entonces la clientela pompeyana que en esta ciudad se había asentado con anterioridad y la prosperidad que aquello les había reportado.

Tras mi discurso, mis piernas quisieron temblar, ya fuera por la tensión o por el frío que recorría mi espina dorsal, pero no se lo permití. Uno de los togados respiró hondo, se me acercó y me pidió que le acompañara. Crucé mi mirada con el soldado que me acompañaba y ambos comprendimos que aquel era mi momento, y me dejó a mi suerte. Salimos de la sala y, girando a nuestra izquierda, pasamos a un corredor cálido por las teas de las paredes. El sonido del viento racheando sonó y las llamas de las antorchas pulularon.

Pasillo trasero a la curia
Volvimos a girar a la izquierda mientras retumbaban nuestros pasos en los muros llegando a una estancia pequeña y diáfana, con un balcón pequeño y discreto al fondo al que se accedía mediante dos gradas, y con una mesa redonda de tres patas en el centro como único mobiliario. En ella, una jarra y dos cuencos de barro. El togado cogió la jarra y vertió en los cuencos un generoso vino caliente con miel y me la ofreció. Luego me tomó la mano como si fuera una Vesta y me ayudó a subir al balcón. Allí la ciudad se mostraba a nuestros pies y los campos de olivos y de trigo formaban un mar blanquiverde.

Paisaje de la campiña cordobesa donde al fondo estaría Ategua
"Alea iacta est", pronunció con suavidad mi anfitrión con sus ojos perdidos en el horizonte. Levantó el cuenco, lo olisqueó y luego se lo llevó a la boca. Yo le imité sonriendo, y ambos dirigimos nuestra mirada al paisaje donde pudimos ver las humaredas de las fogatas del campamento de Julio César allá en Ategua, y me pareció escuchar los gritos y las bromas de los soldados. El líquido abrasó mi garganta y relajó mis músculos, llenándome de satisfacción, noté el calor en mis mejillas y mis piernas dejaron de temblar. Aquel fue uno de los días más felices de mi vida, y la imagen que tenía ante mí, se quedó grabada en mi memoria para siempre.

UNA HISTORIA DE LA HISTORIA

¿Qué quieren ustedes que les diga? Perdonen mi osadía por tergiversar la Historia para crear esta pequeña historia, pero es que la imaginación romántica me puede más, en ocasiones, que la realidad científica. Me he tomado la libertad de hacer lo que me ha parecido, sin tener en cuenta que los datos utilizados pertenecen a momentos distintos, lugares sin confirmar arqueológica e históricamente, y personajes que nunca existieron. Eso es lo que tiene el tener un blog donde uno se expresa y dice lo que quiere, como quiere y cuando quiere. Así que pido mis disculpas a todos los que trabajáis día a día por dar a conocer a la Humanidad, con estudios profundos y trabajo implacable, los devenires históricos de este mundo, para gozo de todos nosotros.

El pasado sábado, 30 de diciembre de 2012, no solo tuve la suerte de asistir a una visita guiada al yacimiento arqueológico de Torreparedones en Baena (Córdoba, España), sino que además lo hice en compañía de amigos y con las explicaciones del erudito arqueólogo Javier Tristell Muñoz. Todo un lujo que despertó mi interés por realizar esta entrada que hoy publico.

No está ni mucho menos demostrado que Torreparedones sea la ciudad romana de Bursavo, como yo en cambio sí doy por cierto aquí. De hecho, también se baraja la posibilidad de que sea Ituci Vertus Iulia, pero tampoco hay certezas concluyentes. Sí que existe una referencia a Bursavo como posible aliado de Julio César en el asedio a Ategua en las guerras por el poder del año 47 antes de Cristo, y Torreparedones se encuentra a poco más de 15 kilómetros en línea recta de esta importante ciudad romana. Podría ser un dato, y un motivo, pero no hay seguridad de ello.

Rodeado de olivos, el yacimiento de Torreparedones tiene unas 10 hectáreas por descubrir.

Tumba de una necrópolis de la ciudad, entre olivos
Desde sus necrópolis...

Tumbas en plena investigación arqueológica
...hasta sus viviendas y edificios públicos...

Pavimento del mercado
Estancias del mercado


 ...calzadas y calles...
Calzada de acceso al foro, rodeando al mercado
Así mismo, existen construcciones de época algo posterior como el santuario, o mucho más adelante en el tiempo, como el castillo, hoy en día en fase de restauración.

Rampa de acceso al santuario

Interior del santuario

Puerta de entrada al santuario

Castillo medieval en restauración, al fondo
Las administraciones públicas han apostado aquí por invertir en cultura, y han apostado por invertir en Torreparedones, y eso, que supuestamente debería ser lógico, hoy se ha convertido en algo a valorar. Otros municipios, cuyo nombre no quiero citar, "pasan" del tema, se tapan los ojos a la hora de que las constructoras destruyan parte de nuestra cultura, se encierran en la vista de la zanahoria delante de sus narices, y se olvidan de su obligación de mantener para nuestros descendientes lo que nuestros descendientes tienen derecho a legar. Espero que Torreparedones siga en la línea marcada y nos vaya mostrando con el tiempo sus tesoros ocultos para que, de esa manera, se convierta en lugar a imitar. Hoy está en buenas manos, entre arqueólogos, y el sábado pasado me fui de allí con la tranquilidad de que así era. Soñemos que así seguirá y esperemos que cunda el ejemplo.

Los olivos de aquellas fértiles tierras, donde se da el mejor aceite del mundo, nos dieron una despedida inolvidable en una mañana inolvidable del diciembre de la Baetica.

Paisaje que rodea a Torreparedones
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