martes, 5 de enero de 2016

Conociendo Córdoba. 1. Al-ándalus, Sefarad y Castilla.

Vistas de los jardines del Alcázar y más hacia el oeste desde la Torre de los Leones
INTRODUCCIÓN A LA SERIE:

La serie "Conociendo Córdoba" la componen varios artículos que describen el urbanismo, el caserío y los hitos que uno se puede encontrar paseando por las calles y plazas de esta milenaria ciudad. No se trata de una guía turística propiamente dicha, y de hecho, no está dirigida al turista en sí, a quien emplazo, por otro lado, a contactar con agentes y empresas profesionalizadas del sector, que le darán más cumplida información que esta que aquí se encuentra; sino más bien a aquellos autóctonos y residentes que suelen "pasear y pasar" por estas calles sin detenerse a contemplar con más detenimiento y con más curiosidad el entorno que les rodea. He pretendido dar una información muy sucinta, simplemente interesante, para no caer en la pesadez del exceso de datos, para lo cual procuro colocar algún enlace que lo complete, si el lector considera oportuno. Para un mejor desarrollo de los paseos o rutas, he cuarteado el recinto histórico de la ciudad en tantos cuarteles como paseos he considerado para una mejor comprensión, siendo cada uno de ellos una ruta "circular" con inicio y fin en el mismo punto. Por último, me he permitido la osadía de clasificar con una estrella (*) algunos lugares o sitios concretos donde he creído que merece la pena llamar la atención del lector por su importancia histórica o artística, y siempre bajo mi propio criterio, que no deja de ser un criterio más dentro del mundo de los gustos. No trae esta serie de artículos nada nuevo de lo que ya se conoce, pero pretende ser una herramienta útil y práctica para un mejor conocimiento del entorno histórico-artístico que compone el enorme "casco viejo" de esta ciudad mía, y suya. Espero que les guste.

Capítulo 2: La zona comercial medieval
Capítulo 3: Colonia Patricia; del anfiteatro al circo
Capítulo 4: El Trascastillo y al norte de la castiza Axerquía
Capítulo 5: Santiago, el barrio mozárabe y al-Mugira
Capítulo 6: Fuera del Casco Histórico y algo del término municipal

INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO 1:

En el extremo suroeste del Casco Histórico de la ciudad de Córdoba se encuentran las calles, edificios e hitos que más se amoldan al mensaje que aún hoy se hace palpable de multiculturalidad de la ciudad, y que ha hecho de Córdoba un ejemplo a seguir en unos tiempos, los actuales, que necesitan del uso de palabras como "tolerancia", "comprensión" o "entendimiento". A esta zona que yo he llamado "Al-ándalus, Sefarad y Castilla" confluyen el abrazo de calles y casas a la Mezquita-Aljama andalusí, los aromas del Sabbat alrededor de la Sinagoga y la Casa de Sefarad, y la Castilla medieval en el barrio lineal de San Basilio (Alcázar Viejo) En gran parte de este lugar se situaba el Alcázar Califal, pero los años, la especulación y la desidia nos han dejado solo unos restos de él, que hoy solo podemos intuir. Zona político-religiosa desde los tiempos de los visigodos, cuando decidieron trasladarla desde la actual zona centro de Tendillas y San Miguel, este lugar, habitación del antiguo puerto romano cordubensis, se convirtió en el lugar político más importante de la Península Ibérica durante varios siglos.

1. AL-ÁNDALUS, SEFARAD Y CASTILLA.

Accedemos al Casco Histórico de Córdoba por una de sus antiguas puertas. La Puerta de Sevilla (*) no es en realidad aquella que llamaban de "Drogueros" o "Perfumeros" (Bab Al-Attarin) en época andalusí, pues probablemente esta se situara más cercana al actual Campo de los Santos Mártires. La que aquí vemos corresponde al reforzamiento de murallas que Enrique II de Trastámara realiza en la ciudad tras la batalla del Campo de la Verdad en la que se dio cuenta de la importancia estratégica que para la defensa de la ciudad era este barrio.

Puerta de Sevilla. Monumento a Ben Hazam, 994-1064 (Amadeo Ruíz Olmos, 1963)
La adintelada puerta que hoy se ve es la reconstrucción de los años 50 del siglo XX de una reforma integral realizada en el siglo XIX. Sin embargo, son de la época medieval los arcos que llevan hasta la torre albarrana, recuperada esta última en la misma época del siglo XX. El conjunto es atractivo. Hacia el sur, las reconstruidas murallas muestran hasta su confluencia con el Guadalquivir, foso, barbacana, torres cúbicas adosadas y remate almenado.

Parte de las murallas occidentales (Siglo XIV)
Entre los arcos de la Puerta de Sevilla marca su silueta el Monumento a Aben Hazam (Amadeo Ruíz Olmos, 1963), un qurtubí de la época: poeta, historiador y filósofo.

A las afueras de la puerta, y como hito especial, se sitúa "in loco", o sea, traída hasta aquí piedra a piedra, una de las numerosas tumbas romanas encontradas en el barrio de Ciudad Jardín. Interesante pieza que se piensa pudo estar rematada por algún monumento.

Tumba romana de la Puerta de Sevilla
Una vez pasada la puerta, cambian los sonidos, los aromas y las vistas.

Puerta de Sevilla desde dentro del Alcázar Viejo.
Estamos dentro del llamado Alcázar Viejo, aunque aún hay hoy quien lo conoce como "La Casa del Viejo", porque el andaluz no es un idioma, pero todo lo que coge lo transforma, amolda y enriquece.

El Barrio del Alcázar Viejo, o de San Basilio (o La Casa del Viejo) (*), nace después de la conquista de la ciudad por parte de los castellanos. Esta zona estaba destinada a huerta para abastecimiento del Alcázar Califal, pero cuando la ciudad la conquista Fernando III de Castilla, dona el terreno a sus fieles ballesteros, quienes montan su propia barriada. Eminentemente castellana, el barrio se conforma con tres calles lineales (San Basilio, Enmedio y Postrera), cortadas por otras tres transversales, y en el centro placita con la iglesia. Casas blancas y patios de influencia morisca hacen el resto.

Calle de San Basilio. Al fondo la iglesia.
Hoy en día es un lugar típico para disfrutar de los patios del concurso anual. La ciudad entera está llena de ellos, pero estos de San Basilio, donde se suelen agolpar más cantidad de los que acuden al festival-concurso, se han ganado por ese motivo ser de los más visitados por los turistas. Queden por lo tanto pendientes de cualquier patio de la ciudad a partir de ahora, pues al ser recintos privados, no los voy a nombrar. Cuando vean una puerta abierta, siguiendo las lógicas normas no escritas de la discreción y el respeto a la privacidad, procuren, si les es permitido, asomarse para deleitarse de los vergeles que ofrecen estas casas tan especiales. El patio cordobés (*) es mucho más que una simple visita cada año. Es conversación, compartir, enseñar, aprender... Esperemos que la masificación que trae la turistización de las ciudades no se apropie de ellos y arruine su idiosincrasia.

Patio de la Calle San Basilio, nº 50 (por Navidad)
En esa placita central del barrio de la que hablábamos antes encontramos, en consonancia con el resto de fachadas blancas de su entorno, la Iglesia de Nuestra Señora de la Paz, conocida como la de San Basilio, por ser la que perteneció al monasterio de monjes que aquí se instaló en 1590. El convento fue felizmente desamortizado en el siglo XIX y hoy son hermosas casas de vecinos y un colegio público, y lo que actualmente vemos de la iglesia es una reconstrucción del siglo XVII. En su exterior se ve una de las tantas estatuas a San Rafael que existen en la ciudad, denominadas localmente "Triunfos" y que en este caso se coloca en una de las esquinas. De su interior destacamos el retablo barroco, procedente del Convento de Santa Clara, obra de Manuel Sánchez Sandoval (1770) y las imágenes procesionales de Jesús de la Pasión (XVII) y la durmiente Virgen del Tránsito, o Virgen de Acá, neoclásica de finales del XVIII.

Blanca fachada de la Iglesia de San Basilio (siglo XVII)
Avanzando por la Calle de San Basilio llegamos al denominado Castillo de la Judería (S. XII) (*), una construcción almohade que se "sacó" de la muralla para defender el flanco suroeste de la ciudad. En aquella batalla del Campo de la Verdad, entre hermanos (Pedro I y Enrique II), este lugar se hizo famoso por la defensa que hicieron las mujeres frente al enemigo subiéndose a las murallas y torre de este castillo, dejando abandonadas sus casas (no estaba aún la muralla exterior por la que hemos entrado en el barrio, como hemos comentado) y defendiendo sus pertenencias con piedras mientras sus esposos estaban en el frente, situado en el actual Campo de la Verdad y la Amargacena. El Rey Pedro, al ver a aquellas defendiéndose de tal manera declaró con ira: "¡Yo he de volver a Córdoba a henchir de tetas de cordobesas el pilar de la Corredera!" El tiempo convirtió su torre principal en ermita, denominada de Belén. La entrada, en recodo, denota su procedencia.

Castillo de la Judería desde dentro. Arco y Torre de Belén.
No es casualidad que a este castillo que sobresale de las murallas de la ciudad se le conozca como "de la Judería", pues precisamente los castellanos, con su apropiación en 1236, aprovechan este recinto, con puertas a ambos lados (oriente y occidente) para hacer de él un gueto en el que hacinar a los judíos de la ciudad. No es la primera judería de Córdoba, pues con anterioridad ya hubo una al norte, tras la Puerta de Osario, muy cerca de la actual barriada de Santa Rosa, extramuros.

Al almohade castillo de la Judería todavía se le puede rodear por sus murallas. Salimos de su "interior" y doblamos hacia la Calle Martín de Roa, donde se observan los muros oeste y norte.

Esquina noroeste del Castillo almohade de la Judería.
Una vez subida la rampa de madera, torcemos a la izquierda, cruzando la Calle del Doctor Fleming, y llegamos a un remanso donde la muralla se hace protagonista. La estatua de Averroes  (Pablo Yusti, 1967) nos recuerda la importancia del médico y filósofo del siglo XII. Junto a esta estatua, una plaza con varias cotas de altura nos abre la vista a la Puerta, Calleja y Plazuela de la Luna (antiguo portillo de Villaceballos), parte más al sur de la muralla occidental y desde el cual esta se observa mirando hacia el norte.

Averroes, 1126-1198 (Pablo Yusti, 1967)
Volviendo hacia el sur, entramos ahora en los jardines del Campo Santo de los Mártires, donde el Rey Alfonso XI, animado por la cantidad de restos óseos encontrados en la zona, y que él, aconsejado por la Iglesia Católica, atribuye a mártires cristianos por ser este lugar del Alcázar Califal, ordena el remonte, aplanado y urbanización de la plaza, a la que llama de los Santos Mártires. Enterrados los restos de la construcción califal, promueve la instalación de cruces y altares como escenario previo a su palacio, el Alcázar de los Reyes Cristianos, que está construyendo en su flanco sur, aprovechando restos de las construcciones palatinas califales.

Hoy en día el Campo Santo de los Mártires guarda bajo su superficie parte de la Historia califal de esta ciudad. Algo aún hoy se puede ver, pero otra parte no, por no estar accesible al público general, ya que se encuentra bajo tierra. Esperemos que pronto tengamos más noticias positivas.

De entre lo que se puede ver, están los baños del palacio (*) y que fueron la plantilla para todos los demás, a partir de entonces, de todos los baños que se hicieron en la Península Ibérica, pues para eso eran los del propio califa. Contiene estancias abovedadas e iluminadas con lucernarios estrellados, y yeserías y frescos con motivos de ataurique y franjas epigráficas. Fueron ampliados en épocas almohade y almorávide, y les precedía un espacio ajardinado.

Baños Califales (S. X)
Fuera, en un hermoso jardín público, el Monumento a Alhakem II (Pablo Yusti, 1976) se sitúa en el lado occidental, de forma tan discreta que prácticamente pasa desapercibido.

Estatua de Alhakem II (915-976) de Pablo Yusti (1976)

En el otro lado, cercano al párking de los coches de caballos, el Monumento de los Enamorados (Víctor Escribano y Pablo Yusti, 1971) es un homenaje a la poesía amorosa que Ben Zaydum dedica a su amada, la princesa Wallada y esta a su amado, y viceversa. Córdoba (Qurtuba, por entonces) tuvo el privilegio de ser la ciudad donde se crearon las nuevas métricas de la poesía árabe del momento: el zéjel y la moaxaja.

Versos de Ben Zaydum a su amada Wallada. Monumento a los Enamorados (Las Manos)
Dejamos atrás los jardines y nos adentramos en el dédalo de calles de esta ciudad en la que la influencia andalusí se hace evidente, aunque antes nos encontramos con la Casa del Señor de Aguilar, del siglo XVI, hoy en día el  Restaurante Almudaina. En uno de sus lados aún se ven agarrados dos de los ventanales góticos pertenecientes al antiguo Palacio Episcopal, y tras sus muros se adivinan (porque no se pueden ver) los restos del Palacio Emiral-Califal, aún oculto y pendiente de su estudio y puesta en valor.

Casa del Señor de Aguilar (La Almudaina)
Curiosa es, sin duda, la placa que luce en la calleja que abre en bocacalle a la derecha, y que da la receta del salmorejo cordobés, recurso culinario de la época del imprescindible aprovechamiento de las reservas y existencias, que se ha convertido en símbolo de esta ciudad, junto con otros platos reconocidos, y que posee hasta cofradía propia.

Calleja del Salmorejo Cordobés
Casi sin movernos, con simplemente darnos la vuelta, nos encontramos con la Casa de las Pavas (*), que luce una portada renacentista, de 1597, con escudo flanqueado por dos pavas reales, y que en su interior, mudéjar del siglo XV, se reparte la vivienda alrededor de varios patios. La parte superior es un anexo del siglo XIX. No hay certeza de que esta sea la casa donde nació el insigne poeta Luis de Góngora, como dice una placa, aunque sí es seguro que lo hizo en esta calle.

Casa de las Pavas (siglos XV y XVI)
Antes de torcer en el cruce a la derecha, vamos a avanzar un poquito por la Calle Tomás Conde hasta el número 8, hoy en día Restaurante de los Marqueses, llamado así por ser la casa de los Marqueses de la Vega de Armijo. Fue originariamente de los Mecías de la Cerda, que la fabricaron en el siglo XVII, y luego reconstruída en el XVIII para los marqueses que le dan hoy nombre. Destacan la portada, con curvatura, el patio principal y los artesonados mudéjares.
Casa de los Marqueses de la Vega de Armijo
Volvemos para afrontar la Calle Manríquez, donde al pronto, a la derecha está la Casa del Marqués de la Motilla, un edificio del siglo XVI y del que lo que más nos quedan son sus actuaciones en el siglo XIX. Su fachada no denota nada especial, pero en su interior tiene un patio principal de arcos de medio punto, otro patio para carruajes, caballerizas con arquería mudéjar, y jardín que llega hasta la muralla del Alcázar Califal. Es una casa privada, por lo que el acceso está difícil.

Patio principal de la Casa del Marqués de la Motilla (siglo XVI)
En la misma calle, la Fundación Rafael Botí tendrá probablemente alguna exposición que visitar. Algo más allá, pasando la Plaza de Judá Leví, a la izquierda, la Casa de los Manríquez, del siglo XVIII, se ha reconvertido en sitio gastronómico con el nombre de Los Patios de la Marquesa. Reorganizada por varios patios y estancias que los rodean, destaca el principal, con galerías con columnas de fundición.

Casa de los Manríquez (siglo XVIII)
Regresamos hasta la Plaza de Judá Leví, una casi cuadrada apertura en el laberinto de callejuelas de referencia andalusí, y abierta en los años 50 del siglo XX.

Plaza de Judá Leví
Seguimos por la Calle Albucasis, y si tenemos suerte, y la puerta está abierta, podremos disfrutar, aunque sea algo, de la casa de vecinos del siglo XVI que hay en el número 6. En esta casa se juntan los sabores populares con la arquitectura palaciega del momento: el reciclaje inmobiliario.

Girando a la derecha por Calle Tomás Conde de nuevo, nos atrevemos a imaginar la infancia de Don Luis de Góngora por su barrio. Podríamos imaginarlo altivo, por la clase social que le tocó vivir; o quizás sensible, con esa capacidad creadora que de niño posiblemente no notaría. O quizás jugando al toro en la plaza donde desemboca esta calle, la Plaza de Maimónides.

Plaza de Maimónides
Precisamente aquí se encuentra el Museo Taurino, un lugar lúdico para los amantes a la tauromaquia que resalta las figuras de los llamados "Califas del Toreo": los cordobeses Lagartijo, Guerrita, Machaquito, Manolete, y El Cordobés, además del rejoneador Cañero. En este museo se echa de menos (al menos yo sí, por justicia) un apartado donde se hable de la historia de los detractores de la denominada "Fiesta Nacional". En cualquier caso, a aquel que le gusten "los toros" encontrará aquí un lugar donde entretenerse, por curioso y atractivo. Ocupa la Casa de las Bulas, edificio del siglo XVI, donde se expedían las bulas de la Santa Cruzada. Aunque muy reformado en 1954, aún se pueden apreciar en él las formas renacentistas de la época en que fue construido.

Casa de las Bulas (XVI), hoy Museo Taurino
Saliendo de la puerta principal de la Casa de las Bulas, justo enfrente, haciendo esquina con la Calle Tomás Conde, una hermosa casa solariega del siglo XVII (*) nos llama la atención. Creo haber leído en algún sitio que perteneció a una familia denominada Herruzo, que no sé si tiene que ver con la misma familia que ocupa otra casa señorial que hay entre la Calle de la Feria y la de las Cabezas, y de las que nos ocuparemos en otro capítulo. Su composición, sencilla y al mismo tiempo correctamente decorada, la hacen muy atractiva. Tiene portada barroca y torreón-mirador con arcos de medio punto. En la planta baja los vanos son mínimos, influencia sin duda andalusí, y amplios en la segunda planta. En su interior, la casa se desarrolla, ¿cómo no? en torno a un patio principal.

Casa Plaza de Maimónides, nº 2 (siglo XVII)
Nos dirigimos ahora al noroeste de la plaza, hacia la Calle del Cardenal Salazar. Allí, un arquillo abre a una plazuela en la que al frente se muestran paramentos a soga y tizón. Un poco a nuestra izquierda, ya en la Calle de Averroes, el arco apuntado de la Capilla de San Bartolomé (*) nos enseña el camino hacia una construcción muy peculiar.

Si la Mezquita-Catedral cordobesa ha sido siempre el buque insignia del ejemplo de colaboración y convivencia entre culturas étnico-religiosas, la Capilla de San Bartolomé no le va a la zaga. Tan solo la insignificancia en su comparación por tamaño e importancia le deja como una mota más en el polvo. Este edificio fue construido en el siglo XIV por constructores judíos, para un noble cristiano, y decorado con arabescos entre los que se ve una cenefa con alabanzas a Alá, o al menos eso es lo que nos cuentan a los que no conocemos el idioma. Desde un patio con precioso atrio mudéjar con columnas y capiteles de épocas anteriores, se accede, atravesando una elaborada portada, a una habitación rectangular no más grande que el salón de una casa, con cúpula gótica de crucería, rincones abocinados en trompas y un frontal de arcosolio de Rafael de la Hoz (1970). Destacan su solería y azulejería, toda de la época, y los restos de frescos góticos en las paredes. Mucho concentrado en muy poco espacio.

Ermita de San Bartolomé (XIV)
Al salir del patio de la capilla, ya en la calle, giramos a la izquierda dos veces para subir por la Calle del Cardenal Salazar hasta llegar a la plaza del mismo nombre. En la actual sede de la Facultad de Filosofía y Letras se encuentra en el edificio que fuera Hospital del Cardenal Salazar (*) también conocido como Hospital de Agudos y que funcionaría como tal hasta 1974. El edificio es construido en 1704, y es atribuido al arquitecto lucentino Francisco Hurtado Izquierdo, que lo diseña con una gran envergadura que llama la atención en el entramado de callejuelas y casas recoletas, destacando su fachada y portada barroca, los patios y la escalera majestuosa.

Fachada y portada barroca del Hospital del Cardenal Salazar.
Justo enfrente se encuentra la Iglesia del Convento de San Pedro de Alcántara, un edificio que combina muy bien, por ser del mismo sobrio estilo barroco y de época similar, con el anteriormente comentado Hospital del Cardenal, pues fue terminado en 1696 y sus similitudes estilísticas son evidentes. La desamortización del siglo XIX liberó sus dependencias, y hoy en día es centro de información y albergue juveniles de la Junta de Andalucía, quedando la iglesia para su uso como lugar de culto católico. A destacar de ella la fachada, de formas verticales, coronado con frontón triangular, y el retablo mayor, de mármoles de colores rojo y negro y aplicaciones de escayola, obra de Hurtado Izquierdo que, como en el edificio del hospital, también dejó aquí su marca.

Iglesia de San Pedro de Alcántara.
En la puerta de la iglesia, cercano a un mini-jardín, se muestra el busto que Miguel Arjona Navarro inventa del famoso oftalmólogo del siglo XII, Muhammad Al-Gafequi, en 1965, y por el que la ciudad rinde tributo a uno de los mejores cirujanos de cataratas de la época en el mundo. No, aunque la leyenda urbana cordobesa le atribuye el invento de las gafas, algo de lo que seguro que muchos paisanos hemos oído alguna vez, la verdad es que lo único parecido entre el invento y él, es su nombre. Fue un gran médico oftalmólogo, pero las gafas, o lentes, no fueron de su creación.

Monumento a Al-Gafequi (Belalcázar (?)-Córdoba, 1165) de Miguel Arjona (1965)
La Plaza del Cardenal Salazar es un hermoso lugar, coqueto y agradable donde el trajín de turistas se combina con el de estudiantes y profesores de la facultad, y los profesionales hosteleros de los abundantes negocios de la Calle Almanzor, que la cruza. Quizás sea el momento de deleitarse con alguna de sus ofertas.

Volvemos, en cualquier caso, sobre nuestros pasos nuevamente hasta la Plaza de Maimónides. Interesante es el Hotel Amistad Córdoba, que recoge el legado de dos mansiones del siglo XVIII, en una de las cuales vivió el alcalde Tomás Conde y Luque, que da nombre a toda la calle anterior.

Casa del Alcalde Tomás Conde y Luque (S. XVIII) Hotel Amistad
Al entrar en la Calle de los Judíos desde el sur, lo primero que nos encontramos a nuestra izquierda, en la Plazuela de Tiberíades, es el Monumento a Maimónides, obra del escultor Amadeo Ruiz Olmos, realizada en 1964, donde el filósofo judío cordobés se muestra con temple pensativo.

Monumento a Maimónides (Córdoba 1138-El Cairo 1204) de Amadeo Ruiz Olmos (1964)
Unos pasos más allá, a nuestra derecha, una estrecha callejuela con arcos medios que apoyan sobre los muros, sirven de entrada a la parte trasera de la antes comentada Casa de las Bulas, y que hoy es Museo Taurino. Esta zona de la casa, que quedó separada del museo, pertenece a su patio trasero, y se ha convertido en lugar de creación artesanal de oficios de la ciudad, como el cuero y la platería, y otros como la alfarería, la espartería, etc... El Zoco Municipal, decorado como patio típico cordobés, mantiene también elementos de otras construcciones antiguas. Merece la pena detenerse a mirar algunas de ellas, así como los trabajos de los artesanos.

Zoco de la Casa de las Bulas (XVI)
La única sinagoga medieval de Andalucía, y una de las únicas tres que quedan en la antigua Sefarad (España), junto con las dos de Toledo, se encuentra en el número 20 de esta calle que estamos recorriendo. La Sinagoga de Córdoba (1315) (*) tiene, afortunadamente, datos suficientes como para conocer de ella cuándo y quién la construyó, y estudios histórico-artísticos de sobra como para no ser yo quien describa su importancia como legado cultural. Es una suerte poder aún mantenerla entre nosotros, y poder seguir estudiándola mediante intervenciones arqueológicas en las casas que la rodean. Su influencia decorativa sigue los ejemplos de la escuela granadina en la tribuna de las mujeres, y toledana en el resto de sus muros, y sus yeserías son auténticas obras de arte dignas de observar y disfrutar con detenimiento.

Sinagoga de Córdoba (1315)
Siguiendo unos metros más, en la esquina con la Calle Averroes, en un edificio en el que se encuentran elementos del siglo XIV, abre la Casa de Sefarad, que dedica sus estancias a exposiciones permanentes e itinerantes, y a otras actividades culturales como conferencias, conciertos, presentaciones de libros, etc, todo relacionado con la cultura judía.

Interior de la Casa de Sefarad.
Entramos ahora de lleno en una de las calles más interesantes del casco histórico cordobés: la Calle de los Judíos (*), que conserva magníficamente la estética medieval andalusí, con muros encalados en los que las aperturas son mínimas, dándole un carácter de ciudad escondida, en la que se separa bien marcadamente lo público, o sea la calle, y lo privado. Es casi un paseo por la memoria de la Sefarad y Al-ándalus de antes de la llegada de los Reyes Católicos, que como un homenaje a aquel tiempo, y a aquellos cordobeses afiliados a la religión judaica, intenta mantener su filosofía, su templo y sus costumbres, combinándolas con otras de características diferentes, pero con el mismo derecho de convivencia.

Calle de los Judíos, vista de norte a sur.

Entre las casas que la componen destaca una, la del número 12, que perteneció al pintor Rafael Botí, y hoy en día se ha musealizado recreando la época y dándosele el nombre de Casa Andalusí (*). La vivienda, de la que no se le conoce fecha de construcción, debe ser muy antigua, y guarda colecciones de monedas andalusíes y otros muchos elementos interesantes tanto de enseres como de menaje, tiene incorporada la antigua muralla de la ciudad y en su sótano un magnífico mosaico de posible procedencia visigótica. Posee también una pequeña aunque interesante exposición didáctica sobre la elaboración del papel.

Casa Andalusí
Al salir de la Calle de los Judíos, llegamos a la Puerta de Almodóvar (*), la única puerta de aspecto medieval que queda en la ciudad, y por ello de un incalculable valor histórico. El interior del arco de medio punto se adinteló en el siglo XIX. Es la que se llamó Bab al-Chawz (Puerta del Nogal) y se sitúa en el lugar donde hubo una anterior desde la época imperial romana. Precisamente junto a ella se levantó el monumento a Lucio Anneo Séneca, posiblemente el más famoso de los cordobeses de época romana, y uno de los grandes filósofos universales. Es obra de Amadeo Ruíz Olmos, de 1965.

Séneca (-4-65) de Amadeo Ruíz Olmos, 1965
Tanto hacia el norte, como hacia el sur por la Calle de Cairuán, se extienden bastantes metros de la muralla de la ciudad, formando unos jardines con foso y paseo inferior, en la zona donde estuvo situada la necrópolis judía. Hoy, la alcubilla procedente de la sierra, vierte sus aguas en el foso de la barbacana, dando sonido al pétreo escenario ajardinado.

Puerta de Almodóvar y murallas de la Calle de Cairuán.
Volvamos a entrar en la ciudad medieval por la Puerta de Almodóvar para seguir derecho por la Calle de Fernández Ruano y desembocar en la Plaza de Ángel de Torres, más conocida por la del Indiano, ya que en ella se encuentra la Casa-palacio de los Cea, popularmente la Casa del Indiano (*), (siglo XV) o mejor dicho los restos que quedan de ella, es decir, solo la fachada principal. De estilo gótico-mudéjar destaca la decoración de lacería, almocárabes y arquillos angrelados ciegos del dintel de entrada, y los balcones y ventanas de ajimez. Lamentablemente el interior fue destruido en los años 70 del siglo XX para convertirlo en un callejón al que asoman varios apartamentos. Juan Cosme de Paniagua, que fue capaz de hacerse rico en América, fue el motivo por el que el pueblo le dio ese sobrenombre a la casa en el siglo XVIII: El Indiano.

Fachada de la Casa del Indiano (S. XV)
Algo más adelante, en la Calle dedicada al médico Leiva Aguilar, solo queda la iglesia y el claustro del Convento de Jesús Crucificado (1508) (*), pues hoy se ha convertido en asilo. En la amplia fachada blanca del exterior se encuentra una pequeña portada de ingreso, del siglo XVII, aunque lo más interesante se halla en el interior. Se trata de los excelentes artesonados mudéjares de la nave de la iglesia, y los capiteles visigodos de parte de las columnas de un lateral del claustro. Un interesante edificio poco conocido y visitado.

Portada (siempre cerrada) del Asilo de Jesús Crucificado
Al retornar la ruta lo hacemos bajando por la Calle del Buen Pastor hasta encontrar la discreta Iglesia de San Roque (1586), que fue parte del Convento del Buen Pastor, fundado por San Juan de la Cruz, y hoy también residencia de mayores. En el interior, destacan el patio principal y la escalera, de decoración barroca. La estancia en este lugar del célebre santo es conmemorada con una placa que da al exterior en la misma Calle del Buen Pastor.

Iglesia de San Roque (S.XVI)
Antes de girar a la derecha por la Calle de los Deanes, conviene subir unos metros por la de Conde y Luque para observar el patio del actual Restaurante Federación de Peñas Cordobesas, por su tipismo y espectacularidad, con arcos que emulan a los de la Mezquita-Catedral.

Patio del Restaurante de la Federación de Peñas Cordobesas
Ahora sí, entramos en la Calle de los Deanes, donde los establecimientos de venta de souvenirs y de tabernas se disputan la clientela de turistas. Supongo que una calle así siempre es necesaria en un lugar turístico como este, aunque despersonalice y erosione. Sin embargo no se queda la calle sin su edificio histórico correspondiente. Se trata de la casa que perteneció y donde murió en 1616 el escritor peruano Inca Garcilaso de la Vega, y cuya placa lo recuerda en su fachada. La casa, del siglo XVI, hoy hostal y restaurante, tiene discreta portada adintelada de estilo manierista, y patio porticado con fuente central.

Casa del Inca Garcilaso de la Vega (Cuzco 1539 - Córdoba 1616)
Por una estrecha bocacalle que casi pasa desapercibida en la acera izquierda penetramos en la Calleja de la Hoguera (*), que representa muy bien la herencia del urbanismo andalusí, con recodos, ensanchamientos y estrechamientos, llamados azucs o azucaques. En el centro, a medio camino hasta la Calle Céspedes, se abre una recoleta placita, con un antiguo naranjo en una de sus esquinas, y un pequeño pórtico con una sola columna central (fotografía de cabecera de este blog), sobre el cual se alza el alminar de la denominada Mezquita de los Andaluces, de origen almohade pero muy restaurada en el siglo XX. Se encuentra actualmente en uso religioso.

Mezquita de los Andaluces, en la Calleja de la Hoguera.
Al llegar a la calle del pintor cordobés Pablo de Céspedes, vamos a girar a la izquierda para subir hasta la Plaza de la Agrupación de Cofradías, que es una confluencia de calles que forman plaza alargada. En lo más alto de la misma se halla el Palacio de los Quemadas (siglo XVII), que perteneció a los Fernández de Mesa, y que hoy es la Escuela de Arte Dramático y Danza. Destaca sobre todo su portada monumental de sencillo estilo barroco que se expone mejor con la apertura que hace la calle. En el interior tres patios; de carruajes, otro privado, con diseño clásico, y un tercero a modo de jardín.

Portada del Palacio de los Quemadas (S.XVII)
Desde aquí se tiene una buena perspectiva de la torre de la Mezquita-Catedral.

Vistas de la torre de la Mezquita-Catedral desde la puerta del Palacio de los Quemadas
Volvemos a la parte baja de la plaza para buscar la Casa Museo Arte sobre Piel, donde se exhiben las magníficas obras del artista Ramón García Romero, con la técnica del guadamecí. Merece la pena pasar a verlo.

Casa Museo Arte Sobre Piel
Al final de la calle sin salida dedicada al historiador Samuel de los Santos Gener se encuentra una antigua casa mudéjar que hoy en día ocupa la fundación Casa Árabe (*) donde se realizan actividades relacionadas con el mundo árabe a nivel mundial. El edificio, que fue Museo Arqueológico precisamente dirigido por quien da nombre a la calle, es un precioso ejemplo de casa señorial de finales del siglo XIV y principios del XV, cuya decoración, de influencia nazarí, se reparte por las diferentes estancias y galerías de la vivienda.

Una de las galerías de la Casa Árabe.
A la Calle de Velázquez Bosco, arquitecto burgalés que interviene en la recuperación del pasado andalusí en monumentos importantes de la ciudad, entre ellos la propia Mezquita-Catedral, desemboca uno de los tantos azucaques, barreras, o callejones sin salida que existen en el casco histórico cordobés. La Calleja de las Flores, con placita en su terminación final, se ha convertido en un icono fotográfico desde donde observar con agrado la torre de la Mezquita-Catedral. En los años 50 del siglo XX es recuperada y embellecida en espacios y mobiliario urbano, como la fuente central. Destaca también la casa nº 4, con un interesante conjunto de patios.

Vistas de la Torre de la Mezquita-Catedral desde la Calleja de las Flores
Casi frente a la salida de esta bocacalle, en el número 8, se encuentran los Baños Árabes de Santa María, de época califal (siglo X), y que el tiempo los ha reconvertido en patio de una vivienda del siglo XIX. Destacan de ellos el vestuario, la sala fría, convertida en patio con columnas de estilo califal, y el baño caliente, con bóveda de cañón.

Baños de Santa María (S.X) Fotografía de artencordoba.com
Al salir desde la Calle de Velázquez Bosco a la del Cardenal Herrero, nos encontramos con la fachada nororiental de la Mezquita-Catedral, donde vemos de frente el altar de la Virgen de los Faroles, copia del original de Julio Romero de Torres.



Al girar aquí hacia la derecha, nos situamos ya ante la fachada norte del edificio más emblemático de la ciudad, el más importante de época medieval andalusí en Europa, el máximo exponente del desarrollo artístico oriental en occidente, el ejemplo más sublime de multiculturalidad y tolerancia del mundo, la misma esencia del mejor de los gustos de estilos, una lección de ingeniería, de arquitectura, de filosofía,... Cuando hablamos de la Mezquita-Catedral de Córdoba (*) tenemos siempre la sensación de que algo se nos queda atrás, porque uno no es capaz de separar el continente del contenido, lo superfluo de lo interior o lo bueno de lo mejor.

Siguiendo mi promesa de ser escueto y sucinto en mis explicaciones, aquí voy a realizar el mayor de los esfuerzos para llevarlo a cabo. Para lograrlo, voy a obviar su grandeza y a afrontarla según me la vaya encontrando, según mis ojos la vayan viendo, e incluso voy a dejar parte de ella para otros capítulos por venir, segregándola de su totalidad.

Al poco de pasar el altar de la Virgen de los Faroles, se abre la Puerta del Caño Gordo, de estilo neoclásico, de finales del siglo XVIII, y que toma su nombre de la fuente que mana de su lateral.

Puerta y fuente del Caño Gordo (S.XVIII)
Desde este lugar es hermosa la vista de la torre unos metros más allá, precisamente donde se abre una de las principales del edificio: la Puerta del Perdón (*) reconstruida en 1377. A destacar en ella su estilo mudéjar, el gran arco apuntado enmarcado por alfiz y las hojas de la puerta de inspiración almohade.

Puerta del Perdón (1377), Mezquita-Catedral
Al traspasar esta puerta nos adentramos en un mundo distinto, místico, irreal... Estamos en el Patio de las Abluciones de la Mezquita-Aljama, en el Patio de los Naranjos (*), donde podríamos hablar de la marca que en el suelo de guijarros existe para localizar dónde estaba el antiguo alminar de Abd al-Rahman I; del escondido aljibe de Almanzor; cuyo registro se encuentra en este patio; de los arcos góticos de las galerías que Hernán Ruíz El Viejo diseñó con su sentido humanista; de las fuentes barrocas del Cinamomo o del Olivo; o de la Puerta de las Palmas (*) obrada en época de Abd al-Rahman III para reforzar el muro norte.

Patio de los Naranjos, Puerta de las Palmas.
Antes de continuar disfrutemos de la Torre-alminar (*), una construcción que marca el techo intraspasable de la ciudad. En su interior se guarda el alminar original andalusí que supuso el molde para el resto de alminares de Al-ándalus en su época de esplendor. La torre manierista de hoy, obra del tercero de los Hernán Ruiz, con su reconocible composición serliana, actúa como profiláctico protegiéndola del exterior.

Alminar andalusí dentro de la actual torre.
Torre de la Mezquita-Catedral, vista desde el Patio de los Naranjos.
Entramos dentro del edificio religioso, donde es tal la cantidad de lugares donde detenerse que es imposible comprimir la información.

Cuando uno entra en la Mezquita-Catedral de Córdoba casi no le es sorprendente el diseño de la misma, con doble arcada para elevar los techos, aumentar la luz, crear acueductos de evacuación de aguas y dar sensación de amplitud. Y no sorprende porque en la actualidad estamos muy acostumbrados a ver estas soluciones arquitectónicas y estilíticas, y llevamos muchos siglos disfrutando de ellas, pero deberíamos tener en cuenta que aquello fue una innovación en su tiempo, tanto que adelantó a su época lo que con los años denominaríamos el gótico, que luego se expandió por Europa como novedosa solución.

Mezquita de Abd al-Rahmán I. Celosías de Rafael de la Hoz.
Yo propongo ver la Mezquita-Catedral deambulando tres veces sobre su centro. Primero, entrando por la zona cercana a la Puerta de las Palmas, habremos de ver la mezquita original de Abd al-Rahmán I, con sus once naves y materiales de acarreo, con columnas de edificios anteriores, de procedencia romana y visigoda. Un pequeño museo de restos de piezas del edificio anterior se puede ver más adelante, e incluso "in situ", de lo que podría ser una basílica visigoda dedicada a San Vicente.

Es el inicio de este gran monumento que posteriormente sería agrandado siguiendo las mismas pautas estéticas con influencias clásicas, sirias y bizantinas y que lo han convertido en un lugar único. La alternancia de ladrillo y dovelas de colores rojo y blanco en los arcos, símbolo de la dinastía omeya, crea la marca cordobesa que se extenderá a partir de entonces por todo el mundo. La sensación de proporcionalidad es estremecedora.

Naves de Abd al-Rahmán I (785)
Le sigue la ampliación de Abd al-Rahmán II, que marca una continuidad, llevando las naves unos 26 metros hacia el sur. El primer califa, Abd al-Rahman III, se limita a ampliar el patio y a reforzar el muro que a este da, construyendo la actual Puerta de las Palmas. Su hijo, el califa Al-Hakem II es el que deja la mejor obra del arte califal en el mundo, elaborada por artistas para la propia ocasión, con la macsura y el mihrab como lugares cumbre. Las novedades son especialmente los arcos polilobulados, el entrecruzamiento de arquerías, y los pabellones cupuliformes. Con una lujosa decoración bizantina, estos dos espacios guardan cúpula de arcos diagonales cruzados en la macsura, y de concha en el mirhab. Arcos trilobulados, zócalos de mármol, decoración cúfica dorada, motivos vegetales, yeserías con inscripciones alusivas...Una joya arquitectónica y artística que tenemos la obligación de mantener y cuidar para nuestros descendientes.

Mihrab de Al-Hakam II (965)
A la izquierda se abren las nueve naves que Almanzor reproduce ampliando el edificio por su zona oriental, con una calidad inferior a las reformas de sus antecesores. La fachada de la antigua mezquita se puede ver desde este lado. Debido a la cercanía del río, Almanzor dispone la ampliación hacia la parte oriental, creando ocho nuevas naves, en el que las dovelas son pintadas en vez de hacerlas de ladrillo, y el resto es solo una continuidad de lo establecido, aunque uniformemente estético.

Ampliación de Almanzor (987)
Hemos vuelto al inicio de la primera vuelta de reconocimiento de la Mezquita. Nos hemos sorprendido con su originalidad, con su exquisita decoración, con su buen gusto... Con la llegada de los gobernantes castellanos y su formación religiosa comienza su transformación constante, siguiendo los cánones sacralizadores de los gustos cristianos.

La Capilla de Villaviciosa, con sus arcos apuntados y bóveda gótica, rompe con todo estilo tras su reforma a finales del siglo XV. Fue autorizada por la reina Isabel I de Castilla, y se enmarca en estilo gótico-renacentista. Algo más hacia el sur, la Capilla Real (*), ordenada a construir por expreso deseo de Alfonso X el Sabio en 1260, propietario del edificio, para enterramiento real, no se termina hasta el año 1371. Es de estilo mudéjar, muy acorde con la decoración del resto del templo andalusí.

Capilla Real (1260)
Tras una encomiable lucha por preservar el edificio por su valor artístico y arquitectónico, el Corregidor de la ciudad, Luis de la Cerda pierde finalmente la batalla ante la Todopoderosa Iglesia Católica, y el obispo Alonso Manrique, tras excomulgar al representante estatal del pueblo, consigue del Emperador Carlos V la autorización para construir en el edificio de Su Alteza, una iglesia mayor para los clérigos y religiosos de esta ciudad.

En 1523 el arquitecto Hernán Ruíz el Viejo comienza la construcción, que se extenderá durante dos siglos. De la nueva Catedral cordobesa cabría destacar algunos hitos: la simbiosis de culturas y estilos artísticos que el arquitecto inicial consigue en los brazos del crucero, y que luego nadie volverá a seguir, así como la fachada del trasaltar; de Juan de Ochoa con la bóveda oval del crucero y la de cañón del coro; y de Pedro Duque Cornejo el magnífico coro (*), realizado en madera de caoba.

Brazos del crucero, Hernán Ruíz el Viejo (1523)
Tras la visita al centro catedralicio, nos dirigimos a la barroca Capilla de Santa Teresa, lugar de enterramiento del Cardenal Salazar, para observar una de las mejores "custodias de sacramento" (*) de España, obra de Enrique de Arfe, en una ciudad de joyeros y plateros, como esta de Córdoba.

Custodia Sacramental de Córdoba (Enrique de Arfe, 1518)
En el rincón suroriental del edificio, en la parte correspondiente a la ampliación de Almanzor, caben destacar los frescos (*) que César Arbasia pinta en la Sala Capitular entre 1583 y 1586, un conjunto conocido como "La Capilla Sixtina de Andalucía" y que hoy es la Capilla del Sagrario.

Pinturas de la Capilla del Sagrario (foto de internet)
Tras volver a bordear la zona de Catedral cristiana, regresamos al punto inicial de partida para dar la tercera vuelta, en la que nos centraremos en las capillas periféricas laterales, correspondientes a la sacralización-mutilación del edificio original andalusí. De ellas, algunas merecen la pena resaltar sus valores arquitectónicos o históricos, así que podríamos destacar, sin nombrarlas con un orden concreto, la renacentista Capilla de los Simancas (Hernán Ruiz el Joven, 1568), la barroca Capilla de la Concepción de Salizanes (Melchor Aguirre, 1682), las pinturas de Antonio del Castillo en las capillas de San Pelagio y del Rosario o los azulejos del retablo de la Capilla de la Natividad, así como el mausoleo del Cardenal Salazar en su capilla, llamada de Santa Teresa, o el propio altar mayor de la catedral, obra de Alonso Matías, de 1628.

Mausoleo del Cardenal Salazar en la Capilla de Santa Teresa (1703)
Regresamos al Patio de los Naranjos para salir hacia el oeste por la Puerta de los Deanes (*) (Siglo VIII) que es una de las mejores muestras de composición constructiva del momento, y de la que destaca su parte interior, que es la parte más antigua. El exterior, remodelado en el siglo XIV, mantiene un aspecto sobrio con su dintel y arco ciego sobre el cual corre cornisa decorada como si estuviera almenada.

Cara interior de la Puerta de los Deanes (Siglo VIII)
Si recorremos unos pasos hacia el norte encontraremos el Postigo de la Leche (1510), obra gótico-renacentista perteneciente a Hernán Ruíz el Viejo, que toma su nombre por ser el lugar donde las madres que no podían sustentar a sus hijos los dejaban para que los acogieran.

Postigo de la Leche (Hernán Ruíz el Viejo, 1510)
Volvemos hacia el sur para recorrer la calle dedicada al liberal General Torrijos, y donde encontraremos bastantes puntos de interés, pues precisamente la fachada occidental de la Mezquita-Catedral da a esta calle, pero antes nos meteremos por una callejuela que se abre a nuestra derecha, la de Medina y Corella. En la fachada izquierda parte de una partitura del Romance del Conde de Cabra se muestra en la fachada de su palacio, que posteriormente comentaremos.

Parte de la partitura del Romance de Cabra (Siglo XV)
Hacia la mitad de la callejuela se abre una placita donde se ve una interesante portada gótica que fue la trasera del Hospital de San Sebastián, que más adelante veremos, y que hoy da entrada a la Filmoteca de Andalucía.

Actual Filmoteca de Andalucía
Ahora sí, en la Calle Torrijos de nuevo, con la fachada de la Mezquita-Catedral a nuestra izquierda, encontramos en la acera derecha una portada formada por un ondulado arco rebajado con balcón enmarcado sobre él, que da entrada a la casa palaciega de los Condes de Cabra, del siglo XVI, y que hoy ocupa el Restaurante Bandolero.

Casa de los Condes de Cabra (Siglo XVI)
En la misma acera, frente a la Puerta de los Deanes, la casa construida por el célebre arquitecto Francisco Azorín Izquierdo en 1916 y que sigue el estilo regionalista tan de moda en aquellos años, con decoración arabesca y que recuerdan al interior de la Mezquita cordobesa.

Casa regionalista de Azorín Izquierdo (1916)
En la acera izquierda, la Puerta de San Esteban (*) (Siglos VIII-IX) sirvió de modelo para el resto de puertas hasta la ampliación de Almanzor. Vano adintelado con arco de herradura ciego que combina dovelas en piedra y ladrillo, todo enmarcado en alfiz. Decoración vegetal, celosías de mármol y remate con tejaroz y modillones de rollo. Una rica decoración que se completa con la que se considera inscripción más antigua de todo el edificio (855), situada por encima del dintel, y que habla de su construcción.

Puerta de San Esteban (Siglos VIII-IX)
Enfrentada a esta puerta, justo al otro lado de la calle, se alza el mejor ejemplo del gótico flamígero en Córdoba: la portada del Hospital de San Sebastián (*) (1512-1516), obra de Hernán Ruiz el Viejo. Su decoración destaca por los motivos vegetales, lacería y esculturas en varios arcos ciegos, típico de este estilo. En su interior, la iglesia, hoy oficina de información turística, también de estilo gótico y el patio, mudéjar, y con dos plantas, con arcos peraltados en la baja y rebajados en la alta. En uno de sus lados se puede observar un interesante tramo de muralla del antiguo Alcázar Emiral-Califal.

Portada del Hospital de San Sebastián (1514)
Nuevamente en la acera de la Mezquita-Catedral, unos metros más hacia el sur, la Puerta de San Miguel se encuentra muy mutilada, con un escudo obispal añadido en el siglo XVI. Está situada en lo que fuera la ampliación de Abd al-Rahman II, y sigue la misma estructura que la de San Esteban, aunque en este caso se ha perdido toda la decoración periférica, y el arco es más pequeño.

Puerta de San Miguel.
Continuando en la misma fachada, una de las más hermosas es sin duda la Puerta del Espíritu Santo (*), ya en el tramo de Alhakem II. Arco de herradura ciego, enmarcado por alfiz, y sobre él conjunto de arquillos entrelazados. A los lados, ventanas con celosías con arcos polilobulados con decoración geométrica.

Puerta del Espíritu Santo (Siglo X)
En el vano siguiente, el Postigo de Palacio, o Puerta de la Paloma, animal sagrado para los musulmanes, mezcla la decoración andalusí con el gótico tardío de la reforma del siglo XIV, pudiéndose ver un arco conopial con decoración vegetal y baquetones en la albanega.

Decoración gótica del Postigo de Palacio.
La Puerta de San Ildefonso sigue los mismos patrones que la del Espíritu Santo, aunque la decoración de las celosías son diferentes.

Detalle decorativo de la Puerta de San Ildefonso.
Cierra la fachada occidental de la Mezquita-Catedral la discreta Puerta del Sabat, que servía para que por ella entrara el califa, procedente de su palacio en la acera de enfrente, sin tener que pisar la calle, a través de un puente, o sabat, cuyos cimientos están marcados en el suelo de la calle, construido en el año 972 y derribado en el siglo XVII.

Puerta del Sabat
Precisamente en ese Alcázar Califal que se situaba en la acera de enfrente se construyó el Palacio Episcopal aprovechando en parte sus potentes muros, torres y otras dependencias, y que hoy intuimos al ver su fachada, por el aspecto de fortaleza que muestra. Del palacio destacan su renacentista fachada principal, con portada del siglo XVII, los patios barrocos en el que se encuentra una escultura de elefante procedente de una fuente califal en Santa María de Trassierra, y algunas obras del Museo Diocesano que ocupa la planta alta.

Fachada del Palacio Episcopal, que fuera Alcázar Califal.
En la Plaza del Triunfo, aparte de la Puerta del Puente que veremos en otro paseo posterior, se asoman tres elementos destacables. Por un lado abre parte de la fachada sur de la Mezquita-Catedral, que corresponde al exterior del muro de la quibla, es decir, el que contiene el nicho del mihrab en su interior y que siguiendo los cánones de la religión islámica, está orientado hacia la ciudad de La Meca, algo que en esta Mezquita no ocurre por motivos aún por dilucidar, ya sea por rebeldía contra los abasidas que liquidaron a los omeyas en Damasco, por nostalgia de las mezquitas sirias, donde todas ellas se orientan hacia el sur, o por sublime integración urbanística, anteponiendo la lógica a los incomprensibles preceptos supersticiosos de las religiones. Destacan en este lado del muro las tres filas de arcos con balcones, del siglo XVIII, construidas para mejorar la iluminación de la biblioteca y otras oficinas allí situadas.

Balconaje barroco de la fachada sur de la Mezquita-Catedral
En el frontal oriental de la plaza, unas casas regionalistas con sabor andalusí forman un hermoso y atractivo rincón. Se trata de las casas de los fotógrafos profesionales Garzón y Señán, construidas en un tiempo (primeros años del siglo XX) cuando tener fotografías era casi un lujo, o al menos una distinción especial.

Casas regionalistas de los fotógrafos Garzón y Señán.
El tercer lugar adonde dirigir nuestra mirada en esta plaza está al sur y le da nombre, pues se trata del Triunfo Mayor a San Rafael (*), probablemente la escultura de las características de "triunfo de San Rafael", típicas de Córdoba, más importante de la ciudad. Es obra de varios escultores, pero la culminó el francés Verdiguier en 1781. Se trata de una composición muy barroca, con base de rocallas, castillete y pedestal, sobre el que se levanta la figura del Arcángel San Rafael, custodio católico oficial de la ciudad desde el siglo XVI.

Triunfo de San Rafael (1781)
Dejando atrás la Plaza del Triunfo, bordeando el Palacio Episcopal, entramos en la Calle dedicada al historiador José Amador de los Ríos. En ella, en su lado sur, en la acera izquierda según nos dirigimos, ocupa toda la manzana el edificio barroco del Seminario de San Pelagio, que actualmente también es casa del obispo de la iglesia católica. De las dependencias interiores destacan sus patios y su iglesia, y del exterior la portada barroca.

Portada barroca del Seminario de San Pelagio (Siglo XVIII)
En la acera de la derecha, la fachada sur del Palacio Episcopal, y la Biblioteca Pública en parte de sus dependencias, trasladada aquí en 1984.

Al final de la calle se extiende la plaza y jardines de los Santos Mártires, en los que ya hemos estado, y la fachada norte del Alcázar de los Reyes Cristianos (*) reconstruido en 1328 en parte del antiguo Alcázar Califal, y donde se fusionan la mayoría de las culturas que habitaron la ciudad.

Torre del Homenaje del Alcázar de los Reyes Cristianos
Resaltar de él la fortaleza medieval en sí, con sus adarves y las torres del Homenaje, de la Inquisición y de los Leones, con sus bóvedas góticas, y desde donde las vistas son preciosas; los restos del antiguo puerto, los mosaicos y un magnífico sarcófago, todo de época romana; los patios oriental y mudéjar; el jardín alto y los jardines bajos, con sus albercas y estatuas de reyes y de Cristóbal Colón conversando con los Reyes Católicos, quienes estuvieron viviendo un tiempo en él, y donde la reina Isabel dio a luz a su hija María de Aragón, que llegó a ser reina de Portugal. El edificio fue posteriormente sede de la Santa Inquisición, cárcel y cuartel militar, hasta que se recuperó para la ciudad en el año 1955.

Adarves y torres del Alcázar de los Reyes Cristianos
Bajando hacia el oeste, dejando a nuestra derecha los restos del antiguo Castillo de la Judería y los Jardines del Campo Santo de los Mártires...

Torreón sureste del Castillo de la Judería.
...vemos a nuestra izquierda el edificio que Felipe II construyó en 1570, y donde se creó el hoy denominado Caballo Andaluz. Se trata de las Caballerizas Reales (*), una construcción que supuestamente ocupa el terreno que fueran las caballerizas dentro del antiguo recinto del Alcázar Califal. Su fachada es de dos plantas y la portada barroca, con arcos en el balcón superior. El patio crea sus crujías aprovechando el espacio del antiguo castillo almohade, y en el siglo XIX se construye el nuevo picadero.

Portada barroca de entrada a las Caballerizas Reales.
Pasando el llamado Arco de las Caballerizas, que rompe la muralla del Castillo de la Judería, volvemos a entrar, ya de vuelta, en el Barrio de San Basilio, o del Alcázar Viejo. Tiramos por la Calle de Enmedio, entre casas con fachadas encaladas y hermosos patios privados en su interior. Al final de la calle, ya en el cruce con la de la Puerta de Sevilla, a nuestra izquierda, y desde detrás de las casas, se asoma una de las torres que abrazan al antiguo barrio de los ballesteros del rey, protegiéndolo de adversidades, pues no en balde existe la creencia popular que dice que jamás caerá en el barrio un rayo mientras existan las torres y murallas que lo guardan.

Torre de la muralla del Barrio del Alcázar Viejo
Saliendo por fin de la Puerta de Sevilla, aún nos queda por ver la fachada neoclásica del Cementerio de la Salud, construido en época de ocupación francesa (1811), quienes prohiben taxativamente los enterramientos en las puertas y en el interior de las iglesias por motivos sanitarios.

Portada de la Ermita del Cementerio de la Salud (Siglo XIX)
Dentro del cementerio hay algunas tumbas y mausoleos que merecen la pena, como el del torero Manolete, el del Conde Salazar o el de la familia Cabriñana.

Tumba de Manolete (Amadeo Ruíz Olmos, 1951)
Fin del primer capítulo (Al-ándalus, Sefarad y Castilla), de la serie Conociendo Córdoba.

Recorrido propuesto.
Todas las fotos son del autor, salvo las que oportunamente se indican.



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